04 de abril de 2026

Vivienda y Decoración

Legado vivo

Edificios de distintas épocas y estilos, casi todos de muy larga data, conforman la infraestructura del Colegio San Ignacio, establecimiento que en mayo conmemora 170 años de vida. El conjunto jesuita se ha adaptado y evolucionado de acuerdo con los tiempos, conservando un par de joyas que realzan su valor arquitectónico más allá de los alcances de la propia comunidad escolar. Emblema de la calle Alonso de Ovalle, es sin duda un patrimonio urbano santiaguino.

Texto, Jimena Silva Cubillos. Fotografías, José Luis Rissetti.

Como un privilegio y un hito en su vida define el Premio Nacional de Arquitectura 2002, Juan Sabbagh, su paso por Colegio San Ignacio: “Hice ahí el último año de Preparatoria y todo Humanidades; primero en una casona que estaba al frente, una especie de sucursal que ya no existe, donde asistían los niños de cursos menores. En 1966 ingresé a la sede principal donde comencé y se ha mantenido el colegio. Es un orgullo pertenecer a esta comunidad ligada a una formación católica profunda, abierta y participativa, siempre vinculada al servicio y la fe”, dice el arquitecto sobre este centro educativo que se inauguró el 1 de mayo de 1856, con un par de meses de retraso, pero que pudo recibir a 44 alumnos internos, en dos cursos.

Hoy, la institución está próxima a celebrar nada menos que 170 años de su fundación, a manos de un grupo de misioneros jesuitas venidos desde Buenos Aires, quienes acudieron al llamado del arzobispo de la época, Rafael Valentín Valdivieso, con la finalidad de preparar a los futuros líderes de la clase dirigente chilena de mediados del siglo XIX. “Y fue emplazado a pasos de la actual Alameda, puntualmente en la misma manzana donde, en 1872, la Compañía de Jesús lograría abrir y consagrar una nueva iglesia de líneas neorrenacentistas, diseñada por el arquitecto Eusebio Chelli y rematada en etapas posteriores por los arquitectos Eugenio Joannon e Ignacio Cremonesi. La hazaña permitió repercutir, desde el punto de vista físico y espiritual, aquel histórico templo jesuita que se incendió en 1863, y por otra parte, consolidar la influencia de la orden en sus metros en 1767”.

En las décadas venideras, el crecimiento del colegio fue inevitable, con una serie de volúmenes que fueron dialogando cada uno con el periodo en que se construían. Según comenta Juan Sabbagh, de manera directa y hasta que egresó del colegio en 1966, “tuve la posibilidad de disfrutar de un conjunto de edificios con una impronta arquitectónica notable”, proyectados en distintas épocas y tipologías. Los primeros fueron dos discretos y sólidos volúmenes levantados a la usanza de los tradicionales inmuebles coloniales —de uno o más autores desconocidos y que aún se conservan—, en dos pisos, con adobe botado pintado rojo, vigas de roble, techumbre de tejas musleras, amplios corredores y patio interior. También, continúa el arquitecto, pudo aprovechar una serie de pabellones “mucho más modernos e imponentes, una arquitectura clásica y solemne de muy buena calidad, hecha en hormigón, en 1956, por los arquitectos Tomás Reyes Vicuña y Pedro Mira Fernández, bajo la influencia de la Bauhaus. Estos tienen una particularidad de formar más patios y generar espacios techados, propios de los patios con la lógica de liberar los primeros pisos para crecer pasillos y áreas al aire libre cubiertas, que permitían jugar y entretenerse con los amigos, incluso en días de lluvia, usando las canchas con arena la mejor opción. Eso era muy llamativo para uno, y es la misma dinámica y experiencia que han podido vivir numerosas generaciones de alumnos”.

Asimismo, recuerda que tuvo el privilegio de conocer y convivir con otros rincones y espacios fascinantes, como la capilla doméstica, que data de 1859, y el Salón de Actos, un edificio de estilo neoclásico también diseñado por Eusebio Chelli, que desde su estreno en 1889 ha sido utilizado como sala de teatro, conciertos, cine, conferencias, ferias científicas, graduaciones y ceremonias religiosas. Cabe destacar que ambos recintos, junto con la iglesia, son Monumento Histórico desde 2004, categoría que sin duda da cuenta del valor estético, patrimonial y funcional de este noble conjunto arquitectónico. Y para conmemorar en mayo este nuevo aniversario, se estrenará un mural pintado por el jesuita Pablo Walker, inspirado en el lema “Entramos para aprender, salimos para servir”.

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