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Reflexiones para el desarrollo del entorno construido en territorios marginados

Por Valeska Heran Cubillos, trabajadora social y coordinadora de Innovación Social, junto a Víctor Suazo Pereda, arquitecto y coordinador de desarrollo urbano-habitacional, ambos de Inmobiliaria Social Techo.

Factores objetivos como la calidad del suelo, la frecuencia de uso de espacios o perfiles de los usuarios son, sin duda, variables fundamentales para el diseño de un espacio público, una plaza, un parque o una sede vecinal. Desde el marco de acción de la participación comunitaria, los niveles de éxito o fracaso de un proceso de intervención radican en la capacidad de reconocer las particularidades territoriales locales, las posibilidades y condicionantes del contexto –por ejemplo, una pandemia como la que atravesamos o los niveles de cohesión social del grupo – y, por supuesto, la construcción de una relación horizontal con las comunidades para tomar decisiones compartidas. Considerando aquello ¿Existe en las y los profesionales involucrados en la materia disposición a poner en valor y validar el punto de vista de actores de territorios locales? ¿Tenemos las herramientas para descifrar los códigos, emociones y subjetividades que evocan las comunidades ante procesos de intervención barrial, como el desarrollo de espacios públicos? ¿Interesa poner en valor las experiencias de vida de las comunidades ante la, muchas veces, omnipotente experiencia del llamado “conocimiento experto”? ¿Existe disposición a concebir la arquitectura como una herramienta al servicio de incrementar el involucramiento de las comunidades y no como un fin en sí mismo?


Uno de los principios del marco de acción de la participación comunitaria en territorios marginados implica “estar ahí”. Es decir, hacerse presentes en el barrio para intervenir con pertinencia territorial local. Junto con las dimensiones objetivas, resulta primordial poner en valor los sentires, pensares, saberes y capacidades de las comunidades, reconociendo, además, los conflictos y tensiones sociales que suelen aquejar a los territorios marginados. Sumado a ello, la actual pandemia y las consecuentes medidas de distanciamiento físico nos ponen nuevos desafíos. ¿Cómo conocemos, aprendemos y entendemos de un barrio y sus habitantes en un contexto que limita la posibilidad de reunirnos de forma presencial? ¿Cómo desplegamos procesos de participación comunitaria en circunstancias de escasa o nula conexión a internet o frente al desconocimiento de herramientas digitales que permitan conectarnos, como ocurre en muchas poblaciones de Chile?


La pandemia nos obliga a salir de sentidos comunes y repensar herramientas y abordajes para construir procesos participativos efectivos orientados al mejoramiento del entorno construido de las comunidades. Un cuadernillo con actividades orientadas al diagnóstico y diseño, dispositivos de trabajo remoto que permitan relacionarnos e interactuar de forma activa con las comunidades, un dibujo realizado por una familia, una fotografía tomada por un vecino o un collage realizado por un grupo de niños nos entrega información sobre sus formas de entender su realidad y las formas en las que dan sentido a las dinámicas barriales que allí se suceden y, en consecuencia, de sus preocupaciones y aspiraciones. Herramientas de este tipo promueven la participación de las familias completas, brinda soportes de expresión alternativos a los convencionales, no requiere conexión a internet, ni alfabetización digital para tantas personas que aún están excluidas de aquello. En cambio, sí requiere ponernos a disposición de las condicionantes y posibilidades del contexto, actuar con flexibilidad, recurrir a instrumentos diversos y, sobre todo, un esfuerzo adicional que implica un ejercicio de escucha activa y agudizar la mirada para lograr observar más allá de lo objetivamente aparente.


Situaciones sanitarias complejas, sumadas a condiciones prolongadas de marginación, vulneración, empobrecimiento y precariedad -como los que históricamente han vivido familias de campamento, allegadas o en condiciones de arriendo abusivos- nos obligan a poner en valor no solo sus necesidades, por supuesto fundamentales, sino también, sus expectativas, sueños e ideales de un entorno mejor. Es decir, validar el punto de vista de las comunidades locales y sus capacidades. Lo anterior, que no son ni más ni menos que herramientas particulares, deben ser parte de un proceso mayor de involucramiento de las comunidades en la toma de decisiones de sus territorios, donde la relación de horizontalidad nos permita codificar las experiencias en los términos de las propias comunidades y no únicamente desde lo que el conocimiento experto supone.