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Juan Sabbagh por rechazo a viviendas sociales en Las Condes

"ES UNA POLÉMICA CRUEL PORQUE DENOTA TEMORES HORROROSOS Y UN PREJUICIO INCREÍBLE"

Aunque es un reconocido arquitecto que tiene sobre sus hombros proyectos como la fábrica embotelladora y el edificio corporativo de Coca-Cola Andina, la planta de agua minera Vital y las estaciones de Pronto Copec, Juan Sabbagh volvió a salir a la luz pública en enero de este año de la mano del alcalde de Recoleta, Daniel Jadue. El Premio Nacional de Arquitectura de 2002 fue el responsable de diseñar los edificios que construirá la Inmobiliaria Popular de dicha comuna, que estarían listos en marzo del próximo año.

El trabajo de Sabbagh oscila entre estos dos mundos que, explica, se debe a su formación en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la U. de Chile, que le dejó una impronta social. ‘Los arquitectos tenemos una veta pública fuerte. Los encargos son de edificios que están puestos en un lugar, que es la ciudad y que interactúa con los vecinos, por lo que uno no puede no tomar en cuenta a las personas’, dice sentado en una sala de la Asociación de Oficinas de Arquitectura, en Providencia. Por eso, iniciativas como las de Jadue o la que ha llevado el alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín —quien propuso la construcción de una ‘torre social’ en la Rotonda Atenas— lo apasionan.

‘Lo interesante aquí es que hay una línea ideológica distinta, pero común en términos de resolver un problema’, dice, y añade: ‘De repente, aparece el alcalde Jadue con esta inmobiliaria que, por razones políticas y porque es un buen arquitecto, creo que no se habría dado en otro caso, excepto en un personaje como Lavín; un tipo muy controvertido, pero que nadie puede negar que tiene agallas’.

—¿De qué manera se relacionan ambos proyectos? —Cuando sale Jadue con esta polémica, el primer alcalde que lo apoyó fue Lavín. Porque él tiene un problema dentro de su comuna: que es rica y el suelo cada vez es más caro, pero con una población importante de bajos recursos —ni siquiera voy a decir pobres— y que se benefician de una comuna que tiene una gran calidad en sus prestaciones urbanas, equipamiento, accesibilidad. Por muy modestas que sean sus casas, hay una parte importante de su vida que la tiene resuelta. ‘Hoy en día nos encontramos con una segregación espantosa, que no existía antes —asegura—. Recuerdo de niño que en los barrios de Santiago poniente vivía mucha gente que coexistía con conventillos. Mis compañeros de juego eran hijos de un tipo que trabajaba en la construcción y su señora era lavandera, y por lo tanto nadie le tenía miedo a los pobres’. Por eso, sobre la discrepancia entre los vecinos de la Rotonda Atenas, dice que está ‘impresionado por la crueldad. Ya ni siquiera es ideológica: es una polémica cruel porque denota desconfianza entre la gente, temores horrorosos y un nivel de prejuicio increíble’.

—¿La arquitectura puede incidir en la integración? —Yo creo que aquí hay un tema de buenos proyectos. Muchas veces la gente asocia la vivienda social con algo feo, con algo rasca, porque en todos los gobiernos, en general, las viviendas sociales se han vuelto un número. Y como el suelo subía, se construía afuera y así tenemos esta conurbación gigantesca en Santiago, lleno de poblaciones en la periferia.

—Usted dijo en una entrevista que ‘después de mucho tiempo la vivienda social volvió a ser un tema de la arquitectos’. ¿Cuándo se alejó? —Cuando la pescaron los economistas, cuando se transformó en una estadística. En los seis años que estuve en la Escuela, al menos un semestre por medio tenía como tema la vivienda social. Era el tema universitario de la época: la villa San Luis, ¡para qué decir los experimentos de vivienda social que son monumentos nacionales! La población Huemul, las poblaciones obreras, que eran sencillas pero preciosas. Entonces, ¿cuándo se perdió el norte? Cuando empezó a ser un número, cuando dijeron ‘500 mil viviendas’ y el gobierno se llenó de subsidios, pero no de calidad.

‘Hace falta trabajo social’ Para el arquitecto, la participación ciudadana es la clave. Y recuerda dos de sus proyectos: el ex hospital Ochagavía, en Pedro Aguirre Cerda (que estuvo 40 años abandonado) y Mapocho Limpio, que busca recuperar la ribera del río. ‘Para que esto funcionara había que involucrar a las personas, si no estábamos muertos’, reconoce, y cuenta que implementaron un plan de participación. ¿El resultado? Se transformaron en proyectos mixtos. ‘Hoy Ochagavía es un éxito por la simple razón de escuchar a los vecinos. Nos decían que no tenían servicios y nosotros llevamos un banco, un supermercado exprés, el registro civil, una notaría. Le cambió el pelo al barrio. Lo mismo en el Mapocho: la apuesta era hacer algo para la gente, pero que tenía que apropiarse, porque si no van a llegar los frescos a tirar basura’, explica Sabbagh. Y agrega: ‘El Parque Bicentenario ha sido exitosísimo por su diseño, y se llena de gente de otros barrios y nadie dice nada, lo mismo cuando uno va al cerro San Cristóbal. Lo que hace falta en Las Condes es trabajo social, como me tocó en Ochagavía, que confrontó al mundo de los empresarios con la comunidad’.

—¿Le ve una solución al problema de los vecinos de Las Condes? —Yo creo que están las posiciones tomadas. Creo que Lavín debiese hacer un muy buen proyecto, una muy buena arquitectura, que gaste plata. Que haga menos casas, pero que sean buenas. Mi deformación de arquitecto me hace pensar que las viviendas sociales son feas porque son mínimas. ¿Por qué lo mínimo tiene que ser feo? Si hay ejemplos notables de belleza con lo mínimo.

‘Las ciudades en desequilibrio no se desarrollan’ ‘Hay un estudio de la U. de Chile sobre la marginalidad interior, en el que descubren que una mayoría de los allegados vive en un conventillo, o en condiciones precarias, en el centro de la ciudad, porque prefiere vivir ahí antes que en la periferia. Cuando uno lee esto se pregunta: ¿por qué no se hacen viviendas sociales en el centro de la ciudad? Pero todos van a responder: el suelo es muy caro. Bueno, habrá que tomar las medidas para que no lo sea’, afirma.

—Entonces ¿es recomendable hacer viviendas sociales en el centro de la ciudad? —Viviendas sociales debiesen haber en todas las comunas. Lo que pasa es que falta una legislación adecuada para inducir este tipo de construcciones, y tener conciencia de que las personas se merecen calidad. ¿Tú crees que un tipo que junta plata para viajar fuera de Chile en las vacaciones lo vas a mandar a vivir a una población? ¿Que se va a subir a la micro por dos horas? Prefiere irse a un conventillo, y al menos sale de su casa y está en una ciudad contemporánea. Tiene al menos una parte de su vida en el primer mundo. El país tiene que equilibrarse; las ciudades en desequilibrio no se desarrollan. Y da un ejemplo: ‘En Bogotá, hace como 20 años atrás, se hizo un plan para equilibrar la ciudad, que se le desequilibró cuando llegó la inmigración arrancando de la guerrilla. Lo primero que hace es un eje ambiental en cada quebrada, y transforma todos los causes en parques urbanos. Luego pone una red de plazas, ciclovías y veredas, idénticas para la ciudad completa. Entonces, si se hace la comparación con Santiago, la plaza a la que iba el señor de Las Condes era idéntica a la que iba el señor de La Pincoya. La misma plaza, la misma calidad. Eso es equidad. El gallo no se enredó’.

Mentalidad arrinconada Sabbagh explica que cuando lo invitaron a participar del proyecto del alcalde Jadue se toparon con un problema: ‘Las normativas del Serviu son tan estrictas que la posibilidad de hacer una vivienda social de buena calidad es remota. Claro, uno puede usar mejores materiales, pero la espacialidad, la forma en cómo se vive y cómo se organiza la vivienda no se puede cambiar, porque todo está normado’.

Y, aunque reconoce que parte de la culpa la tiene el Estado, también responsabiliza a los privados: ‘El Estado tiene que ponerles normas a los particulares para que no hagan trampas, y se ve obligado a reglamentar hasta el tamaño de las camas. Entonces todos los chilenos tiene la mentalidad arrinconada, con referencias de medidas y espacios de volumen definidos por una norma, contenida en una legislación para ‘favorecer’ la vivienda económica’. ‘Pero lo interesante —añade— habría sido designar una cantidad de metros no más, y que los arquitectos hagan lo que quieran. Por ejemplo: no se pueden hacer dormitorios integrados, donde se abra el espacio por el día y las camas sean los sillones; pero eso lo tiene Japón hace mil años. Hoy te obligan a hacerles cocinas separadas, ¡pero si ni las casas pitucas las tienen así!’.




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