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Columna: Arquitectura y pandemia

Yves Besançon

Past President de la Asociación de Oficinas de Arquitectos

El Mercurio


Hemos sobrevivido a 27 meses de una larga y dura pandemia por covid-19 y sus derivados, tiempos en los que todo el rubro de la arquitectura y la construcción se vio afectado con alzas en los costos de sus insumos, demoras en las importaciones y escasez de productos.


Es así como los costos de importación y transporte se multiplicaron por diez debido al cierre de puertos, aeropuertos y fronteras, provocando inesperadas demoras en las entregas de los materiales y suministros necesarios.


Del mismo modo, los proyectos decayeron fuertemente y el cierre de las obras produjo cesantía y encarecimiento de los edificios en construcción que estuvieron paralizados por largos meses. Lo anterior determinó que se postergaran las entregas comprometidas junto a una fuerte disminución en los metros cuadrados construidos, provocando una menor oferta con el consiguiente aumento de los precios de venta.


Nuevas necesidades


El encierro determinó una nueva modalidad de trabajo a distancia desde el hogar en el que las viviendas tuvieron que ser rápidamente adaptadas para trabajar, estudiar y vivir en un mismo lugar por todos los miembros de una familia. Este cambio revolucionó para siempre la manera de vivir de los chilenos, lo que también redundará en los futuros proyectos, tanto de viviendas como de oficinas, que se verán influidos por estas nuevas formas de habitar. Es así como las nuevas tecnologías digitales acercaron los lugares geográficos más remotos permitiendo continuar con el trabajo y el estudio de los que se alejaron de los grandes centros.


Han sido meses que sucedieron a los turbulentos días de 2019, en los que la alteración del orden público fue la tónica que ya había complicado el desarrollo del sector.


El mundo que se vio enfrentado a esta penosa pandemia resintió sus efectos en la salud de la población con gran cantidad de enfermos y numerosas muertes, mientras que el encierro y la falta de producción produjeron una baja oferta para una demanda que, insatisfecha, tuvo que soportar alzas de precios que han llevado los costos de construcción a límites nunca antes vistos.


Por otra parte, los servicios públicos con su personal recluido en sus casas repercutieron en una demora indeseada en las tramitaciones de permisos y autorizaciones. Junto a lo anterior, la escasez de terrenos, la inmigración sin control y la poca certeza jurídica imperante han generado como consecuencia una evidente disminución al acceso a la vivienda con baja oferta y aumento de los valores de venta.


Como comenté anteriormente, las dificultades generadas produjeron una reformulación de los espacios de la vivienda y de los lugares de trabajo, para acoger las nuevas necesidades producidas por el encierro. Esto provocó también la desocupación de miles de metros cuadrados de espacios de trabajo resintiendo la inversión en edificios de oficinas.


El trabajo a distancia o teletrabajo también produjo una descentralización de las grandes ciudades, permitiendo trabajar desde las provincias y regiones alejadas de los grandes centros urbanos. Las ciudades más pequeñas no preparadas para esta migración desde las ciudades grandes deberán adaptarse rápidamente para que, mediante las necesarias medidas de planificación urbana, puedan hacer frente a las demandas de sus nuevos habitantes.


Cambios y la flexibilidad


Hoy vemos que, poco a poco, las cosas tienden a normalizarse tanto en los precios como en la oferta de productos, y que el rubro se encamina a resolver otros problemas que permitan facilitar los proyectos de arquitectura y las obras de construcción para equilibrar nuestro trabajo y, de esta manera, alejar los síntomas de la crisis que hemos vivido estos duros años de pandemia. Las incertidumbres del futuro político interno y las provocadas externamente por la guerra en Ucrania mantienen una generalizada preocupación por el futuro de nuestro medio.


La lección que nos deja esta dura pandemia ha sido una tragedia en sí misma, nos demuestra que el ser humano estará siempre abierto a los cambios y la flexibilidad será también un factor determinante en las futuras generaciones para sobrevivir a emergencias y calamidades como la que hemos vivido y que, a la luz de las evidencias científicas, seguiremos viviendo.