23 de marzo de 2026

¿Somos realmente un país de arquitectos?

David Rodriguez Cuevas 

Publicada en LinkedIn

La noticia del nuevo reconocimiento internacional a la arquitectura chilena, con el Premio Pritzker otorgado a Smiljan Radic, ha despertado, con razón, un profundo orgullo en nuestro país. Antes que él, otro arquitecto chileno ya había alcanzado ese mismo reconocimiento: Alejandro Aravena.

Dos arquitectos chilenos en la historia del premio más importante de la disciplina es, sin duda, un motivo legítimo de celebración.

En estos días han vuelto a escucharse las frases que tanto nos gustan: que Chile es un “país de arquitectos y poetas”, recordando a Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Es una imagen poderosa, casi romántica.

Pero quizás este sea también un buen momento para hacernos una pregunta incómoda: ¿Somos realmente un país de arquitectos?

Si lo fuéramos, probablemente nuestro reconocimiento más importante, el Premio Nacional de Arquitectura, no sería entregado únicamente por un gremio, sino por el país completo, como ocurre con los demás premios nacionales.

Si lo fuéramos, la Ley de Fomento de la Arquitectura no llevaría años durmiendo en el Congreso.

Si lo fuéramos, nuestras ciudades no estarían atrapadas entre normas contradictorias, instituciones descoordinadas y procedimientos que muchas veces paralizan más de lo que orientan.

Si lo fuéramos, la legislación de patrimonio no terminaría deteriorando muchos de los edificios que declara proteger, ni empantanando proyectos que podrían revitalizar nuestros barrios.

Si lo fuéramos, el cuidado del espacio público sería parte de nuestra cultura cotidiana: no habría basura en las calles, ni muros rayados sin consecuencia, ni árboles urbanos abandonados mientras una ley para protegerlos espera años para ser discutida.

Nada de esto disminuye el valor de lo que hoy celebramos. Al contrario.

Arquitectos como Radic o Aravena son figuras excepcionales. Y justamente por eso su trabajo nos interpela.
Las excepciones iluminan un camino, pero no construyen por sí solas una cultura.

Ser un verdadero país de arquitectos no depende solamente del talento de algunos.

Depende de instituciones que reconozcan la arquitectura, de normas que la orienten, de ciudades que la valoren y de una ciudadanía que entienda que el espacio público también es una obra colectiva.

Por eso, quizás el verdadero orgullo que debiéramos sentir hoy no sea solo el de celebrar un nuevo premio internacional.

Tal vez el desafío sea otro.

Que el reconocimiento a nuestros grandes arquitectos nos impulse, de una vez por todas, a construir algo más difícil que un edificio excepcional: una cultura país capaz de cuidar, valorar y exigir buena arquitectura en todas partes.

Porque solo entonces y no antes, podremos decir con propiedad que Chile es, de verdad, un país de arquitectos.

Con 25 años de historia, nos hemos ganado un espacio importante para la representación de los arquitectos en el debate público y frente a la autoridad. Buscamos tener una voz nítida y respaldada técnicamente, queremos llegar con nuestro mensaje a la opinión pública, y ser capaces de construir una red amplia de vínculos con la sociedad.