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¿La o él arquitecto está preparado para ser agente de cambio en la sociedad de hoy?

Por Pablo Schuster, arquitecto, ex director Ejecutivo de Desafío Levantemos Chile.


Esta pregunta me la hice hace algunos años atrás cuando me invitaron a asumir un cargo para dirigir una fundación que se había consolidado fuertemente post terremoto y tsunami del 27/F de 2010, con gran capacidad y eficiencia para responder a los requerimientos de reconstrucción de toda una comunidad en varias regiones de Chile.


La Fundación Desafío Levantemos Chile, que formó Felipe Cubillos, demostró que la sociedad civil podía ser un gran aporte al trabajar aliado con el Estado, sumando fuerzas, capacidades, habilidades, y lo más importante, que se podía y se debía estar con las comunidades que pedían ayuda con urgencia a gritos y para ello había que actuar rápido y eficientemente.


Nada de lo anterior da una respuesta correcta a las necesidades requeridas si no es con la capacidad de escuchar a los afectados (digo afectados porque fue éste el caso de miles de familias que perdieron todo el 27/F).


La capacidad de escuchar (Google lo define como “prestar atención a lo que uno oye” y/o “hacer caso de un consejo o aviso”) es tan importante que depende de eso si se da un buen o mal resultado.


Una anécdota a dos días del 27/F del 2010 en terreno: Felipe llega a ofrecer ayuda a los pescadores y sus familias en Iloca, Región del Maule, y como ve que no había casa parada sino todo en el suelo y todos lo botes destruidos, consigue con un amigo que estaba en Canadá en ese momento, varios módulos tipo containers, que llegaron rápidamente a terreno, para dar alojamiento a las familias ofreciendo una idea de hotel para que así pudieran iniciar la reconstrucción de sus botes y viviendas.


La respuesta de estas familias es lo más bonito de esta historia, ya que respondieron: “No, señor Cubillos, no necesitamos un hotel para alojar, lo que necesitamos es un jardín infantil para poder dejar a nuestros niños bien cuidados y alimentados, porque así nosotros podemos reconstruir nuestras fuentes de trabajo (los botes) y levantar nuestras casas nuevamente”.


Dígame usted si no es maravillosa y sorprendente la respuesta de la comunidad: el salvador, el caritativo, el benefactor, quien va con toda la fuerza y sentimiento de darle al otro una solución a sus problemas queda perplejo. ¿Dónde está la clave de un trabajo junto con la comunidad? Pregunte antes de ofrecer nada.


Y los arquitectos somos expertos en recurrir a nuestra capacidad creativa antes de tiempo, la mano nos funciona antes que el oído; muchas veces llegamos a la primera reunión con un cliente y ya llevamos el as bajo la manga (en un block, papel amarillo, blanco e incluso en una servilleta) y antes que el o la clienta nos transmita su necesidad, ya le tenemos una solución (aunque sea en un precioso croquis) a su petición.


Voy a ir contestando la pregunta del encabezado y la repito para que no tenga que volver atrás: ¿tiene la o el arquitecto la preparación para ser agente de cambio en la sociedad hoy? Sí, sí la tiene, y lo confirmo desde mi propia experiencia, porque es en lo único que puedo confiar: lo viví.


Dirigir una fundación con más de cincuenta personas en trabajo permanente, más de 500 voluntarios en cinco áreas de trabajo (Catástrofes - Educación - Salud - Emprendimiento - Cultura y Deporte) era un desafío para el cual pensé no tenía la preparación para estar al mando. Me costó mucho tomar la decisión cuando me lo ofrecieron porque, intentando ser objetivo, sentía que no tenía las competencias para hacerme cargo de un buque de ese tamaño y menos después que se había consolidado en el reconocimiento de la sociedad en tan solo un año y medio como una de la fundaciones más eficientes y creíbles en Chile a la cabeza de Felipe Cubillos, y que luego del fatídico accidente en el archipiélago de Juan Fernández, donde fallecieron 21 personas, seis de ellas de la fundación, esta se tomó el cariño y reconocimiento de todos los chilenos.


Una vez que tomé el desafío de aceptar ser su director ejecutivo, y con todo el temor de creer firmemente que siendo arquitecto de formación podría hacerlo, lo hice.


Pero lo importante en este artículo no va en destacar lo personal, sino en lograr descifrar cuáles fueron las características de mi formación como arquitecto que me ayudaron y apoyaron en mi gestión para dirigir a todas esas personas y en tan variadas áreas.


  1. Sensibilidad: identificarnos con los problemas de nuestro igual (humanidad/ternura/empatía).

  2. Creatividad: encontrar procedimientos o elementos para desarrollar labores de manera distinta a la tradicional (pensamiento original/pensamiento divergente/imaginación constructiva).

  3. Coordinación: la disposición metódica de una determinada cosa o el esfuerzo realizado para llevar a cabo una acción común. (Especialidades/arte/técnica/restricciones legales/geografía/lugar/clima/etc.)

Podría hacer una lista mucho más larga enumerando las características que definen el ser arquitecto/a y la formación que conlleva su preparación.

En su momento esto no fue tan visible, pero en el transcurso de los meses y atendiendo los distintos requerimientos que se necesitaban, fui respondiendo de buena manera a cada uno de ellos. Esto me abrió un camino inesperado, reconociendo herramientas que no veía y me pregunté: ¿por qué no hay muchos arquitectos que sean alcaldes, gobernadores, presidentes o cualquier función donde se requieran como mínimo las tres características descritas más arriba?


Ahora voy al punto: los arquitectos sí tenemos la preparación y la capacidad para estar a la cabeza del trabajo que se requiere para dar respuesta a necesidades públicas y privadas, donde el poder acoger las voluntades y lograr con las comunidades llegar a buenos y eficientes resultados para todos.


Ahora, para no pecar de optimista, esto no es tan fácil: doblegar el ego pensando que tenemos la virtud de resolver todo, y además lo hacemos bellamente, y esperando el reconocimiento de nuestros pares para sentirnos aún mejor, nos juega en contra.


Le escuché a Juan Cerda, arquitecto socio de Elemental, el otro día en una charla sobre participación comunitaria, algo que me pareció la base, la esencia, la piedra angular de todo trabajo con la comunidad: “No partir diseñando antes de responder, con precisión, la pregunta a responder”. Ese es el peor error que cometemos y del cual tendremos que aprender: primero escuchar para luego no entender, para así pasar por un momento de ignorancia (lo que nos hace vulnerables) y poder así aprender del otro y ahí recién poder proponer en nuestro lenguaje de imágenes, del cual las personas no arquitectos/as tanto se sorprenden y nos alaban.


En ese momento también tenemos la tentación de ofrecer lo que no sabemos si se puede, si estaremos en presupuesto, si es en material adecuado etc., abriendo un mundo de expectativas que después no podemos cumplírselas a ellos, y ahí viene el golpe más fuerte: cuando las comunidades pierden la fe y dejan de creer. En ese momento la puerta se cierra y cuesta mucho volver a abrirla.


Aparecen las rabias y la desilusión, no solo hacia el profesional, sino hacia todo un sistema que no resuelve sus necesidades y, si lo hace, no a la manera donde la comunidad tenga una identidad y sienta que ese lugar, espacio, edificio, plaza o lo que sea tenga una parte de su alma.


Por ello, siempre y siempre hay que hablar con la verdad: con las platas que hay, con los tiempos reales, con los recursos que se disponen, abriendo el mundo de las posibilidades, pero mostrando el mundo de las restricciones.


En la medida en que nos enfoquemos en satisfacernos a nosotros mismos, elogiándonos por lo hecho -y además, con la idea que escuchamos e hicimos lo que nuestro cliente, ya sean personas naturales, comunidades, etc., realmente necesitaban- no vamos a entender lo que es la verdadera participación ciudadana.


Después de estas reflexiones que he compartido en estas notas, es difícil de entender que habiendo tanto campo de trabajo para el o la arquitecto/a, estemos todavía disputándonos los mismos tipos de trabajo que se ejecutan prácticamente para las mismas habilidades, siendo que podemos ver que hay muchos más y variados campos desde donde ejercer la profesión.


Como reflexión también dejo la tarea a las universidades, que hay muchas que ofrecen la carrera de arquitectura, donde hoy están disputándose y buscando el mismo tipo de alumno que hace treinta años atrás, el buen diseñador, y vemos acá que hay muchos que, a lo mejor no teniendo grandes habilidades creativas de diseño, son personas que pueden participar de muchas formas nuevas que son más colaborativas y donde es fundamental que tengan las habilidades blandas que todo arquitecto/a tiene casi por definición, y aportar así a un más variado y completo quehacer de la profesión.


¿Están los arquitectos preparados para ser agentes de cambio en esta sociedad del Siglo XXI? La respuesta es sí, pero podrían estar mucho más preparados aún si en la formación se abrieran distintos y variados conocimientos que el o ella potenciaran, porque esa parte la llevan adentro.


Los arquitectos, por el hecho de intervenir en el campo de los espacios ya sean públicos o privados, están invitados a afectar positivamente en cada rincón del planeta, que ya nos dimos cuenta que es uno solo y que no tiene repuesto: por eso debemos cuidarlo, no solo como espacio geográfico, sino a todas las personas que viven en él, sin distinción y en forma inclusiva.


Quiero llevarlos a otra reflexión con respecto a la forma de afectar positivamente a una comunidad en el campo de nuestra querida arquitectura.


Llegó a mis manos un artículo de la Dra. Rachel Naomí Remen, profesora clínica de medicina de familia y comunidad en la Escuela de Medicina Universidad de California en San Francisco, titulado “Al servicio de la vida”.


Y al inicio de este se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo puedo ayudar? Y cuestiona la pregunta hecha así, proponiendo una pregunta más profunda: ¿Cómo puedo servir? Define y aclara la diferencia entre ayudar y servir, dice textual: “Servir es diferente a ayudar. Ayudar está basado en la desigualdad; no es una relación entre iguales. Cuando ayudas utilizas tu propia fortaleza para ayudar a aquellos más débiles. Si estoy atento a lo que pasa dentro de mí cuando estoy ayudando, encontraré que siempre estoy ayudando a alguien que no es tan fuerte como yo, que está más necesitado que yo. Las personas sienten esa desigualdad. Cuando ayudamos podemos, sin darnos cuenta, obtener de las personas más de lo que podemos darles; podríamos disminuir su autoestima, su sentido de valor, integridad y plenitud. Cuando ayudo estoy muy consciente de mi propia fortaleza. Pero no servimos con nuestra fortaleza. Servimos con nosotros mismos. Utilizamos todas nuestras experiencias. Pueden servir nuestras limitaciones, nuestras heridas, inclusive pueden servir nuestras partes oscuras. Nuestra plenitud sirve a la plenitud de otros y a la plenitud de la vida. Tu plenitud es la misma que la plenitud en otros y la plenitud de la vida. La plenitud en ti es igual a la plenitud en mí. Servicio es una relación entre iguales. Ayudar implica deuda, cuando ayudas a alguien, ellos te deben una. Pero servir, como sanar, es algo mutuo. No hay deuda. Yo me siento servido como la persona a la que sirvo. Cuando ayudo tengo un sentimiento de satisfacción, cuando sirvo tengo un sentimiento de gratitud. Son cosas muy diferentes”.


Me disculpará el lector de este artículo que escribo lo extenso de la cita anterior, pero no tuve la capacidad de resumir sus palabras e intenté ser fiel a tan potente mensaje, por ello lo puse textual.


Son innumerables las veces en que nos involucramos los arquitectos en proyectos en que una comunidad se ve afectada (positiva o negativamente) y vamos a esa primera reunión con ideas de prejuicio o preconcebidas con la mejor intención, pero totalmente desconectadas de la realidad de ellos, y creando una distancia que lo único que hace es no confiar en la integridad de la vida que llevan y de las realidades que los afectan.


Cito a la Madre Teresa, quien nos enseña a servir más que ayudar: “Servimos a la vida, no porque esté dañada, sino porque es sagrada”.


Son muchas palabras escritas en este artículo pero, al final, lo único que buscan es poner en la mesa una pregunta antes de tirar esa primera raya: ¿Cómo nos acercamos los arquitectos/as a las comunidades a presentar nuestra trabajo creativo, innovador, resolutivo y conectado a las realidades de las gentes?


Si recordamos lo que mencioné en el inicio, de acuerdo con la experiencia que tuve al trabajar en la Fundación Desafío Levantemos Chile post terremoto y tsunami de 2010, e intentando que esta reflexión les ayude a responder de mejor manera en la próxima oportunidad que tengan de intervenir en proyectos de participación ciudadana, priorizo los puntos a considerar que ya a estas alturas son básicos y fundamentales:


  1. Escuchar a la comunidad: ser receptivos.

  2. Aprender de ellos: No sabemos cuáles son sus dolores reales.

  3. Ser humildes: Para que realmente se cumpla el punto 2.

  4. Abrir todas las posibilidades e ideas: Pero siempre mostrando las restricciones y dificultades: plazos, platas, normativas, etc.

  5. Teniendo la actitud de servir y no de ayudar: “Cuando ayudas ves la vida como débil; cuando reparas, ves la vida como dañada. Cuando sirves, ves la vida como plena”.