Virginia Opazo: estilo y elegancia

29 noviembre, 2012

De  señorial estilo neoclásico, la calle Virginia Opazo fue inaugurada por el Presidente de la República Juan Antonio Ríos en 1943. Compuesta por 33 casas de dos pisos, pareadas y de impecable color blanco, el cóctel se hizo en el número 38, residencia de Octavio Soto Opazo, el gestor de que ese conjunto arquitectónico exista y que lleve el nombre de su madre.

“En esa época, la Academia de Guerra estaba ubicada en la Alameda y mi padre estudiaba ahí. Cuando supo que vendían la Quinta Meiggs gestionó un crédito que le permitiera comprarla”, explica Anabella Soto de Angelis, hija de Octavio y nieta de Virginia.

Sus intenciones eran construir un conjunto habitacional en el que pudieran vivir él, sus compañeros de curso y sus familias.

Cuando las 33 casas estuvieron terminadas, sus amigos en agradecimiento le dijeron que bautizara la calle con su nombre, para lo cual fueron a la Municipalidad de Santiago a hacer las gestiones correspondientes. Una vez allí, los funcionarios municipales le dijeron que las calles sólo podían llevar nombres de personas fallecidas. Fue en ese momento cuando Octavio Soto Opazo bautizó la calle como Virginia Opazo, fallecida cuando él tenía siete años.

Durante la construcción de este conjunto, a cargo de los arquitectos Escipión Munizaga y Carlos Cruz, todos los viernes Octavio cruzaba la Alameda para supervisar las obras y fue el encargado de pagarles el sueldo a los obreros cada mes.

Emplazada entre Av. República, Av. España y Salvador Sanfuentes, en pleno barrio universitario, fue declarada Zona Típica por el Consejo de Monumentos Nacionales en 1992, gracias a su valor patrimonial y arquitectónico.

Anabella vivió en el sector desde los 10 años. Su casa se aprecia desde Alameda, hoy transformada en la Residencial Metro República.

Hasta la década del 60, el barrio se caracterizó por su tranquilidad y vida residencial. Casi un “oasis” en medio del centro de Santiago, la misa dominical en la Iglesia de la Gratitud Nacional, ubicada a unos pasos, en Cumming con Alameda, era el momento donde todas las familias se juntaban. “Era una verdadera reunión social. Los que iban a rezar se sentaban adelante, y nosotros, los más jóvenes, atrás”, recuerda Anabella. En las tardes, el panorama continuaba en el Teatro República, adonde iban “en patota” y veían películas.

La jornada terminaba en la calle, donde los varones jugaban fútbol, mientras las mujeres los alentaban.

“En ese tiempo los niños podíamos jugar en las calles sin problemas, ahora la velocidad de los autos hace que eso sea muy inseguro”, remata la nieta de Virginia Opazo.

Fuente: La Tercera