Vecinos que aprenden a hacer adobe

4 febrero, 2013

Es como hacer pan, pero en vez de usar harina se mezcla tierra, arena, limo y pedazos pequeños de paja. Se forma un círculo con un espacio al medio para el agua. Luego se revuelve todo con palas. El limo se consigue en demoliciones de casas de adobe y se pasa por cernidores hasta dejar libre de polvo y paja esta arcilla fina que es el secreto de la mezcla. Luego se coloca en las adoberas: unas cajas de madera del tamaño de las cajas de frutas, pero con maderos más gruesos. Claro que se tiene que mojar previamente y poner arena en el piso del lugar. Se comprime y se pone boca abajo en el piso. Así se hacen los adobes. Las proporciones de los ingredientes y la manera de unirlos hasta levantar una pared se aprende en la Escuela Taller de Artes y Oficios Fermín Vivaceta, el único lugar donde se puede aprender esta técnica en el país, la misma que se dejó de enseñar, por decreto oficial, luego del terremoto de Chillán de 1939.

“Hay un vacío de conocimiento gigantesco desde esa fecha hasta hoy. El adobe, si se trabaja junto con la madera y se resguardan ciertas normas, es totalmente seguro. En el barrio hay casas que arrastran una herencia de cinco o seis terremotos que siguen en pie”, sostiene José Osorio, uno de los fundadores de la escuela.

De hecho, fue el terremoto de febrero de 2010 el que llevó a los vecinos de Yungay a plantearse la idea de crear una escuela de estas características. “La idea era recuperar las casas por medio de la capacitación en estos oficios perdidos”, añade Esteban Echagüe, historiador del arte y coordinador de la escuela. Para llevarla a cabo postularon a un Fondart, el que se adjudicaron y les permitió impartir el primer taller en septiembre de ese año.

Desde entonces hasta hoy han pasado 180 alumnos, los que cursan los ramos de yesería, adobe, carpintería y electricidad. En su mayoría son estudiantes o profesionales, muchos de ellos arquitectos. “Hemos capacitado a funcionarios del Ministerio de Obras Públicas y del Ministerio de Vivienda que trabajan en las áreas de recuperación patrimonial. Les hemos hecho clases intensivas en yeso y construcción en tierra”, señala Echagüe.

Las clases son los martes y jueves, mientras que los sábados se hacen trabajos prácticos en las casas del sector. “Los vecinos ponen los materiales y nosotros la mano de obra”, indica Alicia Délano, de la primera generación de egresados. Así han refaccionado una casa del cité Las Palmas, a un costado de la Quinta Normal; el segundo piso de la Fundación Víctor Jara, en Plaza Brasil; el segundo y tercer piso del Centro Cultural Manuel Rojas, en calle García Reyes; la sede del Gran Circo Teatro en República, y casas de vecinos de calle Esperanza y Portales.

En el subterráneo que da a la parte trasera de la sede Quinta Normal del Museo de Arte Contemporáneo -donde funciona la escuela- trabajan los alumnos del curso de yesería. Comienzan por lo fácil: las molduras, las que fabrican haciendo moldes de silicona. Seguirán con los guardapolvos, los rosetones donde se cuelgan las lámparas y terminarán haciendo balaustres para balcones. El profesor es Andrés Kinast, quien trabaja en restauración desde hace 12 años. “Yo llegué al primer taller que impartió Casimiro Cejas, un maestro boliviano que fue nombrado Patrimonio Viviente de la Humanidad. Después me quedé haciendo el curso”.

Para implementar el taller, se tomó la experiencia de los más de 40 centros similares que existen en Latinoamérica. Los primeros maestros vinieron de las escuelas con las que mantienen relaciones más estrechas: las de Lima, Bogotá, La Habana y Buenos Aires. Un ejemplo de esto es el profesor de carpintería Marco Ortiz, quien a pesar de tener más de 40 años en el oficio, viajó a Lima a especializarse. “Acá comenzamos con las ganas no más, no había nada, así que de a poco empecé a traer mis herramientas”, señala. Su curso comienza por lo básico: aprender a manejar las herramientas. En sus propias palabras, “que los alumnos entiendan que el serrucho tiene muchos dientes y se usan todos”. También prohíbe el uso de calculadoras, ya que todas las medidas se toman en pies, pulgadas y varas. Su objetivo es uno solo: “Que los alumnos comprendan el valor del trabajo humano”.

A diferencia de la Escuela Fermín Vivaceta, sus pares latinoamericanas están enfocadas en formar obreros calificados para restauraciones arqueológicas y patrimoniales. Esa es la tarea de este año para la institución chilena. “Hasta el momento viene gente ligada al patrimonio, la arquitectura o el arte, la idea es que desde este año los cursos sean especializados para obreros y jóvenes como forma de formar trabajadores en patrimonio y conservación”, dice Jorge Osorio. Y no se trata sólo de vecinos del barrio Yungay, para 2013 piensan profundizar los talleres que han hecho en el Sename. La idea es otorgarles un oficio a los menores que están bajo régimen cerrado.

Por lo demás, la escuela se llama Fermín Vivaceta en honor al arquitecto que diseñó la Casa Central de la Universidad de Chile y el Mercado Central, quien fue hijo de obreros y llegó a convertirse en uno de los arquitectos más importantes del país en el siglo XIX.

Fuente: La Tercera