Silabario urbanístico (2da. parte)

4 febrero, 2013

EL RECORRER la ciudad, comúnmente nos llaman la atención las construcciones que por su aspecto, forma o tamaño, son discordantes o disruptivas con el entorno. La pregunta que muchos se hacen es: ¿cómo permiten esto aquí?

El problema radica en que nuestra regulación urbanística se preocupa del qué y no del cómo.

Dentro de una comuna, los planes reguladores establecen las reglas mínimas del juego para toda obra de construcción. Estos instrumentos hacen referencia a los usos de suelo, a las actividades permitidas en cada lugar y a las restricciones que deben cumplir las edificaciones, tales como cuánto deben distanciarse del vecino, cuánto deben distanciarse de la calle, qué altura máxima pueden tener o cuántos metros cuadrados se pueden construir.

Por ejemplo, enfrentados a un proyecto que construirá un nuevo supermercado, el propietario deberá verificar que su terreno permita el uso comercial y expresamente la actividad “supermercado”. Luego aplicarán las exigencias de estacionamientos, altura, accesos, metros cuadrados construibles, etc. Nada se le exigirá respecto de si el supermercado tendrá o no una cara abierta o transparente hacia la calle, contribuirá a la seguridad del espacio público, incorporará un local comercial hacia la calle para darle vida a la vereda o si puede poner los estacionamientos hacia atrás del edificio y no sobre la vereda. En otras palabras, el plan regulador le dirá al dueño del supermercado qué puede hacer en ese lugar, pero nada dirá del cómo debiese ser ese supermercado para efectos de su armonía con el entorno o aporte a la imagen y vida del barrio. Nuestros planes reguladores se preocupan de lo que son las cosas y no de “cómo se comportan con la ciudad”. Esto explica nuestra sorpresa frente a aquellos edificios inapropiados que surgen amparados en el marco legal actual.

Se me viene a la mente el caso de los supermercados Jumbo, el de Lo Castillo en Vitacura y del ubicado dentro del Costanera Center. Ambos -de reciente inauguración- muestran posturas muy diferentes frente al barrio y la ciudad que las circunda. Sin embargo, en su especie, ambos son lo mismo, un supermercado. El de Vitacura hace varios gestos para armonizar con el barrio, tales como aumentar las fachadas transparentes, poner locales a la calle, incorporar marquesinas que bajan la percepción de altura, etc. El del Costanera Center, aún estando en un lugar mucho más intenso de uso y con mucha actividad peatonal, se cierra a la calle con fachadas ciegas, pocos accesos y sin locales a la vereda. La inserción del supermercado dentro del centro comercial también dificulta una postura más urbana y abierta, potenciando el encierro.

Preocuparse del cómo y no sólo del qué es algo objetivo, anterior a decir si el edificio es feo o bonito; si me gusta o no me gusta. Tiene que ver con introducir un estándar superior al cumplimiento legal. Nuestras leyes urbanísticas están en deuda con la ciudad en este aspecto, aun cuando en el mundo hay numerosos ejemplos de cómo los planes reguladores incorporan reglas que aseguran que las construcciones sean más armónicas con el entorno e incentivan las buenas prácticas.

Por Julio Poblete, arquitecto

Fuente: La Tercera