Salamanca viva

1 abril, 2013

POR RAZONES de trabajo me tocó visitar recientemente la ciudad de Salamanca. Enmarcada en una geografía maravillosa de valles, quebradas y cultivos, me encontré -para mi sorpresa- con una ciudad armónica y viva. En ella se conjugan con sobriedad y escasez de medios la edificación tradicional, un renovado espacio público y una atractiva arquitectura contemporánea. Y no sólo eso, sino que se reconoce una comunidad auténtica y que con respeto hace gran uso de sus territorios, dando testimonio de lo que son y en lo que creen.

Salamanca es una pequeña ciudad de aproximadamente 20 mil habitantes. Hoy, su economía local está empujada favorablemente por la actividad minera que se desarrolla en las cercanías. Sin embargo, esa nueva abundancia no ha sido causa de intervenciones disruptivas en la ciudad ni de olvidar su propia identidad, por el contrario, se ha dirigido sabiamente.

Las energías y recursos han sido encauzados, por ejemplo, hacia una renovación de la ciudad; sin pretensiones de su Plaza de Armas, hay un nuevo edificio consistorial que da rango y escala a una de sus esquinas, o el aún en construcción polideportivo. La preocupación ha llegado hasta incorporar arte público de calidad, en este caso una muy buena pieza del escultor Federico Assler en plena Plaza de Armas.

Pero más allá de las obras, la comunidad se muestra viva y clara de su identidad. A la tradicional procesión de Viernes Santo con los encapuchados que pasean a Jesús crucificado por las calles de la ciudad, y que reúne cada año más de 5.000 personas en peregrinación, presencié cómo la comunidad organizada (escuelas, centros de madres, juntas de vecinos, asociaciones de funcionarios, de profesores, etc.) intervenía con altares las esquinas, en espera del paso del Vía Crucis. Esta no era una manifestación aislada de un pequeño grupo en un sector de la ciudad, sino que la recorría entera, con naturalidad, asombro y respeto por quienes profesaban sus creencias en el espacio público.

Así como en ocasiones es relevante comentar temas de preocupación, en este caso me pareció notable cómo esta pequeña ciudad da gran testimonio de su identidad, con obras nuevas acordes a su escala y valores, así como también cultiva el genuino sentido del espacio público, que es democrático, gratuito y universal, abierto a toda manifestación que la sociedad estime de valor publicitar en él.

El urbanismo para los pequeños pueblos, como lo he comentado en otra oportunidad, es la feliz convergencia de proyectos diseñados con sensibilidad al lugar y a la cultura local, pero también a una comunidad auténtica y profesionales del diseño que sean capaces de dialogar y no imponer. En el caso de Salamanca, conozco la labor de dos arquitectos santiaguinos y otro de Salamanca, que con el apoyo de la autoridad y su talento profesional han podido aportar en forma notable al desarrollo urbanístico local. Salamanca señala un camino para otros pueblos y ciudades que crecen al alero de la minería; muchos de ellos con más estrés y menos aciertos. Un camino sin planes rimbombantes, sino apoyado en el diseño de calidad. Salamanca está viva. ¡Viva Salamanca!

Julio Poblete, arquitecto

Fuente: La Tercera

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