Reconstruyendo el borde costero

27 febrero, 2013

EL TERREMOTO de Chillán de 1939 ostenta el triste récord de personas fallecidas en un sismo en la historia de Chile: 24 mil las víctimas fatales según los diarios de la época. La pobre calidad de las viviendas fue la causa primordial del desastre, lo que por ese entonces marcó el inicio de los códigos de construcción en el país y el progreso del diseño sismorresistente.

Los avances en esta materia quedaron demostrados para el terremoto del 27 de febrero del 2010. Aunque la intensidad de este sismo fue muy superior al de 1939 (8,8 vs. 7,8), la cantidad de edificios en altura que colapsaron pueden ser contados con los dedos de la mano, y los problemas detectados guardan relación con una mala aplicación de la normativa, carencias en la construcción o errores en la calificación de los suelos.

Sin embargo, el 27/F nos demostró que estábamos muy mal preparados ante un evento de tsunami. No se generaron las alertas tempranas ni se advirtió a la población de la ocurrencia del maremoto, y en las ciudades costeras, desarrolladas sin considerar la acción de una ola de estas proporciones, el nivel de devastación fue total.

Cabe preguntarse: ¿por qué no fuimos capaces de aprender de la misma manera la lección tras el maremoto de 1960 en Valdivia? Pero más que mirar el pasado, vale la pena evaluar el trabajo que se está realizando en esta materia. Surgieron opiniones señalando que la reconstrucción de los poblados costeros debía enmarcarse en la relocalización hacia zonas más altas y protegidas, pero el enfoque se centró en lo contrario. La relación entre el mar y las comunidades costeras es cultural, histórica y económica, y no es posible romperla e imponer una decisión centralizada. De esta forma, los procesos de reconstrucción se enfocaron en cómo convivir de manera responsable con la naturaleza.

En los centros urbanos más afectados por el tsunami (25 en total) se desarrollaron estudios científicos que incluyeron modelaciones de tsunami y planes maestros con una visión urbana integral y proyectos multisectoriales que incluyen obras de mitigación. Además, se establecieron polígonos con subsidios especiales que incentivan la construcción de viviendas tsunamirresilientes.

Las obras de mitigación se concibieron como parques arbóreos con un doble fin: mitigar los riesgos de una inundación y generar espacios urbanos para el esparcimiento y turismo. Se identificaron los sitios seguros y las vías de evacuación, y se ha trabajado en la educación de la comunidad para que sepa responder oportunamente ante un evento similar. A la vez, se trabaja en una red de monitoreo sísmico y de mareas para la generación de alertas tempranas.

En definitiva, se está generando el aprendizaje necesario, transformando la tragedia en oportunidad, diseñando y construyendo ciudades resilientes que respetan el arraigo de los pobladores y plantean una convivencia segura y responsable con los riesgos naturales.

Dichato, emblema del desastre del 27/F por su nivel de afectación, muestra avances concretos en esta materia y da cuenta de que la reconstrucción del borde costero pasó de la planificación a la acción, transformándose en una realidad.

Pablo Ivelic, Encargado Nacional Programa de Reconstrucción Minvu

Fuente: La Tercera