Patrimonio para el siglo XXII

8 diciembre, 2011

En Chile no nos hemos caracterizado por un especial cuidado del patrimonio arquitectónico. Tenemos muchos ejemplos de edificios de notable calidad que por falta de regulación y cuidado fueron reemplazados por otros de menor o ninguna calidad. Debe haber algún caso de nuevas edificaciones que hayan mejorado a su antecesor, pero la verdad es que no tengo ninguno en mente.

Quizá una solución efectiva y radical para rescatar nuestro patrimonio pasa por detectar con tiempo aquellos edificios que, en una perspectiva histórica, pueden llegar a convertirse en valores arquitectónicos.

Pero es posible objetivizar con antelación cuáles serían aquellos edificios que debiéramos proteger? ¡Absolutamente! La arquitectura, más allá de la creencia común que sostiene que esta disciplina tiene una base subjetiva, está compuesta de variables y factores de medición de su calidad completamente objetivos.

La relación con el entorno urbano y contexto geográfico, el adecuado uso de materiales, los criterios estructurales, la composición formal de su volumetría, la respuesta a variables del clima local, la solución a los requerimientos programáticos, la respuesta formal a la solicitud del tema o del mandante. En fin, varios puntos que se pueden analizar y ponderar para medir la calidad de una obra. Un buen promedio en estas asignaturas hace un buen edificio.

Pero ¿qué hace que la arquitectura trascienda y pase a convertirse en patrimonio? La Innovación, generar tendencias, romper paradigmas, anticiparse a preguntas futuras. Estos atributos, sumados a los anteriores, pueden darnos señales en el sentido que una obra contemporánea puede integrar el patrimonio arquitectónico nacional y con ello establecer regulaciones que permitan proteger el edificio, sin caer en normativas que impidan su actualización tecnológica, mantención y mejoras.

Revisemos como ejemplo el edificio del Consocio, ubicado en la intersección de las avenidas El Bosque y Tobalaba, obra de los arquitectos Borja Huidobro, Enrique Browne y Ricardo Judson. Con una propuesta formal que se hace cargo de  las tensiones urbanas de la localización descrita, se ha convertido en un ícono de la arquitectura nacional, tanto así que hoy es parte de la imagen gráfica de la compañía que lo habita. Pero su gran innovación fue que hace cerca de 25 años puso en discusión un tema que, al menos en nuestro país, aun no era tema, a saber, la eficiencia energética y cómo, mediante estrategias pasivas, se puede controlar el consumo energético del edificio. Un edificio que un cuarto de siglo atrás propone un jardín vertical de casi 3.000m2 y que,  tal cual como estaba previsto, bota su hoja en invierno y florece con fuerza en primavera y verano para proteger del agresivo sol poniente.

Su propuesta formal, su relación con el contexto, su condición de edificio icónico para la compañía, sus materiales -que hasta el día de hoy lo presentan como un edificio absolutamente contemporáneo- y principalmente su innovadora estrategia respecto a la eficiencia energética, nos indican que sigue siendo un gran edificio y que a partir del breve análisis anterior lo podemos entender como una  obra de arquitectura para la cual no debemos esperar 100 años para darle el carácter de patrimonio arquitectónico nacional.

¿Otro ejemplo? El edificio Manantiales, de la Avenida Isidora Goyenechea, de los Arquitectos Luis Izquierdo, Antonia Lehmann y Raimundo Lira. Aquí no es la sustentabilidad el tema innovador, sino que pasa por la estructura soportante y la habilidad para incorporarla en la expresión formal del edificio.

Probablemente Ud. tenga otros ejemplos, o discrepe de los míos, pero ya la discusión es positiva.

Publicado en La Tercera, el 08/12/2011

Por Fernando Marín C., arquitecto de la U. de Chile,