Columna de opinión – Un potencial por descubrir

28 abril, 2015

Por: Pablo Gil

Miembro de la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA).

Hacia finales del siglo XIX, en Estados Unidos se dio lugar una revolución en el mundo de la construcción. El acero comienza a tomar una posición central como material de edificación, protagonizando un crecimiento exponencial. Tras el gran incendio de Chicago y debido a su importante aporte en una buena parte de la reconstrucción de la ciudad, el acero se convirtió en el elemento constructivo y estructural más importante de la industria norteamericana.

Dicho fenómeno ocurrió por la existencia cruzada de una demanda, una necesidad y una técnica asumida. Una fórmula que, en Chile, aún es limitada y sujeta a situaciones que complejizan su expansión e innovación.

La arquitectura en acero de nuestro país ha estado tradicionalmente vinculada al mundo industrial, debido a los requerimientos de los layouts de construcciones que buscan salvar grandes luces con alturas amplias y plantas libres con el mínimo de pilarización. Distinto es en el sector inmobiliario, donde el acero es casi inexistente como material escogido para viviendas, edificios en altura u oficinas.

Una de las razones recae en las normativas que, si bien no representan un evidente desincentivo a la estructuración en base al acero, ciertamente hacen más difícil tomar una decisión que lo elija como material predominante. Además de la sísmica, las normativas de resistencia al fuego y de masividad del fierro reducen la competitividad del acero frente al hormigón al adicionar elementos para responder a los estándares, lo que impacta especialmente en los costos.

Plantear el desafío de construir un edificio en altura en acero, con todos los obstáculos que debe sortear, puede ser observado con reticencia por los inversionistas. Una industria que involucra grandes montos de dinero tiende a ser conservadora, lo que se demuestra en la inmensa cantidad de decisiones en favor del hormigón por sobre un número casi inexistente en acero.

Sin embargo, las cosas no son caras per sé. Las soluciones constructivas resultan más costosas en la medida que no se usen, lo que puede comportarse como una oportunidad para la innovación.

En efecto, la evidencia probada de la industria puede resultar esperanzadora y le permiten al acero diferenciarse de las materialidades de construcción más clásicas y compensar una mayor inversión, mientras no haya un uso más masivo.

En primer lugar, el acero tiene una rapidez de ejecución que puede ser gravitante para optimizar los tiempos de construcción y rentabilizar en períodos de mejores oportunidades. Por otro lado, su liviandad en comparación al hormigón incide estratégicamente en el peso de los edificios y en un más eficiente uso de suelos de calidad relativa, con un impacto menor en las fundaciones.

La versatilidad es otra ventaja comparativa. El acero permite realizar cambios e intervenciones posteriores con mucha mayor facilidad, de forma más sencilla y con mayor espacio de control. Finalmente, y a pesar de los avances en sistemas estructurales, el acero aún mantiene una esbeltez superior al hormigón, con una lectura de diseño que es la expresión de la asociación virtuosa entre ingeniería y arquitectura, determinantes para la belleza de un proyecto.

Todas estas variables pueden influir en una tendencia que pretende lograr lo mejor de dos mundos. Hace dos años, el ICHA auspició un concurso en el que participé como jurado. El requisito primordial era que los proyectos se concibieran a partir del acero como material central. Lo que nos tocó ver fueron proyectos notables, muchos de los cuales destacaron por sus sistemas híbridos, acero y hormigón, en los que cada material es explotado en sus bondades, resolviendo lo que mejor hacen y apoyados en sus debilidades por medio de una complementariedad ventajosa.

Los sistemas híbridos representan uno de los caminos más viables para ampliar el uso del acero en la construcción. La combinación de acero y hormigón puede generar buenas soluciones para cumplir, por un lado, los estándares de resistencia al fuego y, por otro, ganar un avance y una rapidez mayor en la construcción.

Otro camino es el de un avance tecnológico que permita superar los obstáculos de la resistencia al fuego, de una manera más simple y a valores más competitivos. Lo esperable es llegar a resultados satisfactorios para enfrentar los problemas en las protecciones intumescentes y en una mejor optimización de los recursos.

En cualquiera de los casos, el potencial constructivo del acero tiene mucho que decir y abrir espacio para cumplir el desafío de la innovación, más allá de las oportunidades de la industria.

Revisa el archivo original en El Mercurio.