Carlos Jiménez: Arquitectura, cultura y cliente

11 abril, 2013

También surgió a lo largo de la reunión que sostuvo con Enrique Browne, Yves Besançon, Raimundo Lira y Carlos Alberto Urzúa -comité editorial de Revista AOA- durante su última visita a Chile, invitado a presidir el jurado de un concurso de arquitectura realizado en Temuco y auspiciado por la AOA.
Graduado de la Universidad de Houston College of Architecture (1981), Jiménez es un prestigiado y premiado arquitecto, cuya obra ha sido expuesta en museos y galerías de todo el mundo.
Igualmente relevante es su actividad como respetado docente en universidades europeas y norteamericanas -desde 1996 es profesor en la Rice School of Architecture-, crítico y jurado en numerosos concursos internacionales, entre ellos el Premio Pritzker (desde 2001).

EB. Eres full professor en la Universidad de Rice; tienes tu propia oficina de arquitectura; estás en numerosos jurados internacionales comenzando por el Pritzker. ¿Cómo se ha dado el estar y destacar en tantas áreas y qué ha implicado ésto en tu desarrollo como arquitecto?
– Es una buena pregunta… Siempre he visto nuestra profesión como un acto de cultura, de abrir cultura. Trabajar con mis colegas o ser jurado es parte de ese intercambio cultural, como también ser docente y trabajar con alumnos ayudándoles en sus caminos. Me encanta escribir sobre arquitectura y lo que pasa en el mundo… Y sucede que yo no busco trabajos, por lo general los encuentro en este intercambio. Por lo tanto, todo lo veo desde esta perspectiva y al amparo del concepto de ‘cultura’.
YB. ¿Cómo fue el salto desde tu país, Costa Rica, a la vastedad de Estados Unidos, y luego dar un segundo salto, a la globalización de tu carrera?
– Regreso a lo que decía: siempre he visto estos cambios como una secuencia en el deseo de intercambiar la riqueza de la arquitectura a través de su cultura. Por eso nunca me he sentido foráneo en ningún ámbito. Incluso creo que estos ‘saltos’ han sido indispensables para fomentar ese deseo por intercambiar culturas.

CAU. Tu arquitectura está afincada en una localidad, informa de lo que está pasando en un lugar. ¿Cómo se condice esto con una arquitectura más universal?
– No tengo una oficina muy grande, lo que permite el privilegio de pensar mucho en cómo vamos a hacer nuestros proyectos, como los que ahora estamos haciendo en Francia, España y Estados Unidos. No veo que la arquitectura deba ser una marca global que se instala en diferentes localidades, no creo en que uno llegue con una idea a priori. A veces los
arquitectos generan una distancia con sus trabajos porque se hacen bajo una marca que aparece en cualquier lugar. En otras palabras, el arquitecto es un ciudadano global, siempre lo ha sido y lo será –el intercambio ha existido desde siempre-, pero la obra debe realizarse en términos locales, que es lo que da a la arquitectura su dimensión cultural. Es imprescindible no abandonar la cultura del lugar y esa cultura puede ir desde lo más sutil hasta lo más visible. Una condición de orientación, una vista, la sugerencia de la sombra, la idea de cómo negociar un perfil de terreno, cómo utilizar la brisa… Son cosas muchas veces fundamentales y que están siendo arrasadas por la inconsecuencia del mercado, que no las valora. Y los arquitectos son las víctimas, pero a la vez los promotores de esta ceguera.

RL. Junto con la localidad, otro punto importante es la relación con el cliente, quién y cómo va a habitar el espacio. Si uno incluye al cliente, lo respeta y lo suma, el resultado es mejor.
– Una de las razones de tener una oficina pequeña es porque más que un trabajo lo que busco es un cliente. Ahora mismo estoy haciendo un proyecto para un radiólogo que siempre ha soñado con ser fotógrafo a tiempo completo, y estamos construyéndole un pequeño estudio. No es una obra de gran tamaño, pero como cliente me fascina su historia.
RL. O la biblioteca Whatley, en Austin: la forma en que llega la luz permite adivinar esa relación con el cliente…
– ‘Quiero hacer una biblioteca, pero que esté entre los árboles’ fue el encargo de sus dueños, a quienes había conocido por referencia de un amigo. Con el apartamento Schultz en Houston fue lo mismo. En el piso superior del edificio originalmente había dos departamentos que se incendiaron, y fue comprado por alguien que quería remodelar todo. De inmediato me entusiasmó su espíritu de apertura, simplemente se entregó. Lo que hicimos fue liberar el lugar, donde lo más lindo es la vista que tiene hacia Houston. Como es el último piso los pilares contienen los ductos, que dispusimos en
una secuencia dentro del espacio cuidando que no lo dividiera.

EB. En estos espacios tan puros ¿cuál es la experiencia 15 años después con el usuario? Porque se van habitando con recuerdos, adornos, fotos familiares… El espacio puede ser muy bonito, el tema es cómo hacerlo perdurable.
– La mayoría de mis clientes llegan a ser grandes amigos, tras establecer una complicidad común. Por ejemplo, el dueño del apartamento de Houston tiene una gran colección de arte, por lo que diseñamos el espacio para albergarla. En el caso de la biblioteca de Austin, nuestro cliente tenía una inmensa colección de libros, más una extensa colección de vasijas muy bellas y valiosas de indígenas de Nuevo México y también arte moderno. En este caso la biblioteca debía estar a la par de su casa y ser un lugar de reunión con amigos. Este espacio ya tiene 12 años, tal vez tenga una vasija más y varios libros menos. Actualmente estamos construyendo una torre de viviendas en Evry, Francia, en su mayoría para inmigrantes, y de seguro los departamentos van a llenarse de recuerdos. Pero pienso que la arquitectura debe acoger y
hacerse cargo de eso… Me gusta regresar a los trabajos 10 años después y fotografiarlos, a veces están casi iguales, a veces no. Es parte de la vida y van creciendo con el habitante.

YB. Con respecto a la Casa Crowley, en el desierto de Marfa, ¿qué definió su emplazamiento y diseño?
– Marfa es un lugar especial, un pueblito de 2.000 personas en medio de un paisaje impresionante, con mucho cielo. Había que pasar de la vastedad a lo concentrado. En el lugar no había nada y la casa, de 800 m2, debía relacionarse a la topografía. La idea de la arquitectura fue entrelazarla con el paisaje distante y también con el inmediato, los patios y jardines que convergen en el interior. Por eso, al comenzar a mover la tierra empezamos a plantar árboles, como una forma de hacer crecer la casa con la vegetación.  Uno de los deberes de la arquitectura radica en apaciguar las contradicciones: cuando terminamos esta vivienda creamos una cierta violencia en el paisaje, irrumpimos en él. Pero con el tiempo debía cicatrizarse hasta que la arquitectura se pudiera perder en su paisaje, no ser la protagonista principal. La idea fue crear una presencia y un camuflaje, que permite también existir con más posibilidades. La arquitectura es parte de un ensamblaje, si bien es lo más importante porque reúne todos los elementos. Si no estuviera la arquitectura este paisaje sería solo una colina, y en este caso, al aceptar su condición de formar parte de lo que allí existe, la casa ha enriquecido el lugar.

RL. También es bella su atemporalidad. Podría haber estado allí hace 5, 10, 50 años igual. De los mejores logros de la arquitectura es cuando se funde con el entorno.
– Absolutamente, y es una de las críticas que tengo con el mundo en que vivimos, obsesionado con el presente, pensemos en la instantaneidad de twitter, de facebook, por ejemplo. Lo interesante de la arquitectura es su capacidad de ser la antítesis de lo que sucede hoy. Es un arma revolucionaria, un lugar donde el ser humano permanece en la riqueza
múltiple del tiempo.

CAU. El arquitecto debe pensar obras que duren, y por lo tanto debe jugar contra el tiempo y también contra el ego de quienes quieren que su obra se vea con prescindencia de todo lo demás.
– Es lo que veíamos antes. La arquitectura que sólo vive en el presente es como la instantánea del twitter. Para mí, la belleza más exquisita de la arquitectura es que se moviliza en muchos tiempos -el pasado, presente y futuro-, acapara y envuelve todas estas condiciones indispensables en la experiencia del ser humano. Me interesa mucho esto, una paradoja: que la arquitectura esté más ausente que presente en el sentido que el arquitecto se ha marchado de la obra y lo que queda es esa ausencia del ego, el regalo que la arquitectura entrega. Y aunque el personaje-arquitecto siempre será indispensable, no tiene por qué estar ahí todo el tiempo. Me pasa con ciertas obras de conocidos arquitectos que he visitado últimamente, cada vez que las miras parecen decir ‘hola, estoy aquí, mírame, mira lo que puedo ser ahora’… Es como estar en un baile de máscaras. Creo que es la consecuencia de estar viviendo solo en el presente, creer que el presente lo abarca todo.

EB. ¿Qué piensas, desde tu experiencia, sobre lo que está pasando y lo que podría pasar en la arquitectura? ¿Cómo percibes el momento arquitectónico y cómo crees que se podría proyectar el ejercicio de la profesión?
CAU. Acotando la pregunta: en el universo de los arquitectos son muy pocos los que diseñan: se habla de menos del 5%.
– Si pensamos en quienes diseñan a una escala global -personajes como Nouvel, Koolhaas, Ghery-, diría que el porcentaje es todavía más pequeño: un 1% que produce la arquitectura más visible. Un mundo demasiado mediático, dominado por el mercado que lo explota. A veces no puedes salirte porque tienes una marca y debes producir de acuerdo a lo que se
espera, a lo que has hecho, a lo que se requiere. Imaginemos a Ghery en Abu Dhabi, donde tiene que hacer un Guggeheim diez veces más grande. El museo de Bilbao termina siendo su cruz porque aunque esté feliz con un proyecto de esta envergadura, críticamente ya no tiene más que aportar que la reproducción de su propia imagen. Esta arquitectura tan visible crea problemas, sugiere que la única arquitectura que debe hacerse es la del espectáculo instantáneo. Y el mercado quiere vender espectáculo.

RL. Es la cultura general del espectáculo, no sólo en arquitectura. Son las artes plásticas, el diseño…
– La arquitectura como manifestación está en su apogeo, es una ‘vedette’ de la cultura, eso hay que admitirlo. Lo que sucede es que el 95% de arquitectos que trabaja calladamente, o trabaja como un servicio, tiene que estar más consciente de lo que la arquitectura propone. Yo creo más en una visión crítica, en el sentido de estar conscientes de lo que pasa en el mundo. Debemos tener una postura frente a la arquitectura, estar involucrados con realidades críticas de nuestras ciudades y recursos. Esta fiesta que hemos celebrado por más de dos décadas eventualmente tiene poco futuro, el mundo no puede continuar en esta extravaganzza sin mañana… También hay que hablar de cuál es el rol que ejerce el arquitecto hoy. Esencialmente, como decía Aldo Rossi tan bien: construir la ciudad. Porque no puedes estar siempre pensando en construir edificios iconos. Si la ciudad deja a la intemperie espacios públicos sólo para edificios singulares sería un mundo kafkiano. Es lo que pasa en Abu Dhabi o Dubai, reúnen todos los valores más banales del mundo occidental proyectados en un futuro -condensado…

CAU. Vale la pregunta entonces: ¿qué pasa con el 95% de arquitectos que no diseñan, cómo defienden su profesión frente a su compromiso con la sociedad?
– La mejor arquitectura es la que queda en el background. En Barcelona se acepta un Gaudí, un Nouvel, pero no todo puede ser de esa categoría. Muchos ven ese 5% o 1% de grandes obras como el diamante en la montaña, yo lo veo al revés: es parte del accesorio y es imprescindible. Pero lo más bello de la ciudad es que el 95% de sus obras fueron hechas
con sentido de servicio, de futuro, de contribución. Necesitamos reforzar siempre esas raíces. Si un estudiante tiene talento y llega a destacarse como diseñador, fabuloso, pero es más importante que sea un ciudadano responsable de la cultura de la arquitectura de la ciudad.

Para más imágenes visita la Revista AOA n°18