BRESCIANI, VALDÉS, CASTILLO, HUIDOBRO (1940 – 1974): La profesión de una generación

19 julio, 2013

La firma Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro (BVCH) aparece frecuentemente descrita como una oficina ejemplar que domina el panorama del ejercicio de la arquitectura en Chile, muy especialmente durante las décadas del 50 y el 60 del siglo pasado. Su actividad está asociada a la de una generación de arquitectos que emerge a la actividad profesional a mediados del siglo XX. Superados los actos heroicos y relativamente aislados de las vanguardias -especialmente en un ambiente cultural como el de Chile- corresponde a esta generación la difusión y puesta en práctica de los principios y procedimientos de una nueva actitud arquitectónica. Esta se propone interpretar desde la disciplina procesos de modernización sociales y tecnológicos más amplios. Así, por una parte expandirán esta actitud arquitectónica a ámbitos diversos de la actividad constructora y, por la otra, deberán interactuar con las restricciones y limitaciones de encargos privados y públicos frecuentemente dependientes de factores técnicos, normativos o económicos propios de una sociedad que recién inicia procesos de modernización industrial y económica1.

Arquitectura y profesión

Acerca del tópico de la profesión y lo profesional se acumulan multitud de equívocos. En el ámbito de la arquitectura se alude con ello a quien ejerce el oficio con experiencia y autoridad. Así se dice de alguien que es “muy profesional” cuando se lo reconoce como competente y responsable. En el deporte, son profesionales -a diferencia de los denominados amateurs aquellos que dedican su vida a dicha actividad y obtienen una remuneración por ello. En el ámbito universitario, por último, se ha acentuado durante los dos últimos siglos una polarización, tal vez excesiva, entre ciencias y profesiones. Las primeras, vaga o declaradamente asociadas a la generación de conocimiento; las segundas, a una aplicación un tanto mecánica de este.

Sin embargo el origen latino de la palabra ‘profesión’ alude al acto de profesar, esto es, de sostener en público determinadas ideas y convicciones. Siguiendo esa misma línea, los miembros de una orden religiosa profesan cuando toman los hábitos adquiriendo un compromiso serio y explícito con su congregación. El hecho es que alrededor de la profesión y lo profesional se esconde un mundo de ideas, relaciones y tradiciones. Una cierta degradación de lo profesional suele ir de la mano de una subvaloración de los oficios, percibidos como actividades repetitivas y poco creativas, olvidando la densidad de saberes y capacidades, aún de ideas, que éstos esconden en su relativamente silenciosa, cuando no directamente muda, contextura.

Es precisamente en torno a esta problemática que resulta interesante revisitar la historia de una oficina como Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro. Ella llevó la idea de lo profesional a un alto grado de sofisticación y desarrollo. Sus miembros fueron capaces de vincular su actividad con el mundo de la política y de la producción sin desentenderse de los problemas de la cultura y de la enseñanza. Amaron su oficio y vivieron de él sin que ello les impidiera migrar a otros ámbitos de actividad cuando les pareció necesario. Internamente, fueron capaces de sostener un ritmo y un estilo de trabajo en el que la discusión y la competencia nunca frenaron la solidaridad y la cohesión profesional.

Este conjunto de circunstancias no sólo hace interesante y provechoso volver la mirada a la actividad de esta oficina, en la que tres de sus cuatro socios llegaron a obtener el Premio Nacional de Arquitectura, sino que le otorga especial relevancia para las actuales generaciones de arquitectos. Estas frecuentemente deben enfrentar complejos desafíos debatiéndose en las mismas tensiones que este grupo de arquitectos debió enfrentar. Sin que signifique detrimento alguno de un interés por la profesión y la disciplina, la obra de BVCH tiene un fondo profundamente ético. Pocas cosas hay, hoy mismo, más importantes que volver a considerar las conexiones profundas -no meramente superficiales o burocráticas- entre ética y profesión.

BVCH: la construcción de una oficina

La constitución de la oficina BVCH en la forma en que hoy la conocemos es un proceso paulatino que se desarrolla en varias etapas. Aunque ha sido descrito en más de una oportunidad2, conviene volver sobre sus rasgos esenciales. El origen más remoto de este equipo se encuentra en los primeros años de la década de 1940, cuando Fernando Castillo (1918) y Carlos García Huidobro (1918) comienzan a abordar encargos de arquitectura aún antes de recibir su título. Algunos provenían de la familia de Fernando Castillo quien, desde muy joven, demostró una notable capacidad de gestión. Esta llegaría a ser un elemento fundamental en el desarrollo de BVCH. La invitación a Héctor Valdés (1918), compañero de escuela ya titulado, a incorporarse a esta naciente oficina, les evita recurrir a otros profesionales para firmar oficialmente sus proyectos. Es así como nace Valdés Castillo Huidobro (VCH), que desarrolla su actividad y alcanza un prestigio considerable durante la década del 40 y buena parte de la del 503.

Los tres socios de la oficina pertenecían a una misma generación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica. Más aún, provenían de un mismo colegio: el Liceo Alemán. Compartían por tanto lazos personales y afectivos, amén de una formación común que muy probablemente facilitó en una medida importante el funcionamiento de la oficina. En la escuela, arquitectos como Emilio Duhart, Mario Pérez de Arce o Alberto Cruz, todos egresados en los primeros años de la década del 40, habían sido compañeros y amigos. Se trata por tanto de una generación que ha dejado una huella perdurable en el medio arquitectónico chileno. Situándolos en un contexto más amplio, esta generación coincide con la de arquitectos como Isidro Suárez y Jaime Bendersky, formados en la Universidad de Chile.

VCH recibe principalmente encargos de vivienda y participan en concursos a fin de conseguir encargos de más envergadura. De especial significación es el concurso que ganan para una piscina y club en Rocas de Santo Domingo en 1945. En el balneario diseñado por la oficina de Smith Solar y Smith Miller, con quien Héctor Valdés había estado vinculado profesionalmente, ya habían realizado una serie de viviendas de veraneo a través de las cuales van afinando un cierto lenguaje arquitectónico. La piscina-club, que combina bóvedas de hormigón y mamposterías de piedra como también volúmenes regulares y formas orgánicas, constituye el primer encargo de equipamiento y escala mayor que recibe y construye la oficina. La propuesta para la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile no logra imponerse en el concurso de 1950, y los envuelve en una sonada polémica al disentir del jurado que lo otorga al proyecto más bien clásico de Juan Martínez. El del Aeródromo de Tobalaba, que sí ganan en 1953, no llega a realizarse.

En 1947 Fernando Castillo construye para sí mismo una pequeña pero célebre vivienda de planta libre y paneles interiores móviles en la calle Simón Bolívar, en el sector oriente de Santiago. Los encargos de viviendas unifamiliares continúan y la oficina adquiere una cierta maestría en este campo, que la lleva a realizar algunas obras notables que permanecerán como clásicos del período: la Casa Ravera (1953), las casas para Santiago (1955) y Orlando Mingo (1957), la Casa Santos (1959) o la Casa Pérez Donoso (1961). En todas ellas se ensayan formas de ocupación total del terreno e interrelaciones entre espacios interiores y exteriores que exploran diversas formas de patios. Por otra parte, el equipo había desarrollado varios edificios de oficinas, entre los cuales el Edificio Holanda (1954) constituirá un logro particularmente destacable por su innovación en la implantación y la racionalidad con que se desarrollan los departamentos, alcanzando los 20 metros de altura, la máxima permitida por la Municipalidad de Providencia en ese momento.

La incorporación de Carlos Bresciani a principios de los años 50 aparece como una asociación circunstancial para abordar proyectos mayores, varios de ellos asociados a la ciudad de Arica, en la frontera norte del país. Como parte de una política del gobierno del Presidente Carlos Ibáñez del Campo, la ciudad había sido declarada puerto libre y era objeto de planes especiales de desarrollo que la proveerían tanto de conjuntos de vivienda como de equipamiento. Es así como desarrollan la Población Chinchorro (1955), la Población Estadio (1956) y el Casino (1960), además del propio estadio de Arica que se constituirá en una de las sedes del Mundial de Fútbol del año 62. Bresciani vendrá también a incorporarse a proyectos de vivienda como el Conjunto Matta Viel (1954-1955), y hará una contribución muy significativa a la Unidad Vecinal Portales (1954-1964) que pondrá decididamente a la oficina en la escena internacional4.

Bresciani era algunos años mayor que sus socios. Había nacido en 1910 y por tanto les llevaba unos ocho años. En su generación se puede ubicar, entre otros, a arquitectos como Roberto Matta, en la Universidad Católica, y Juan Borchers y Enrique Gebhard, en la Universidad de Chile. Había adquirido un prestigio sólido en su trabajo asociado al arquitecto Jorge del Campo y era reconocido por su particular talento como proyectista, lo que sin duda le valía el respeto de sus socios más jóvenes a pesar del trato fluido e igualitario que parece haber predominado entre los socios de BVCH. Así, hay diferencias significativas entre un Bresciani que se había movido con facilidad entre una obra abiertamente de vanguardia como la Maestranza Central de Aviación, casas neocoloniales y templos neo tradicionales, como la Catedral de Linares y la Iglesia de El Bosque en Santiago, y la filiación moderna de sus tres jóvenes socios.

De esta forma, en una fórmula muy curiosa y durante varios años, la oficina desarrolló paralelamente proyectos firmados por tres socios (VCH) -principalmente viviendas unifamiliares- y otros firmados por cuatro, incorporando a Bresciani (BVCH). El desarrollo de políticas de viviendas incluyendo las EMPART -sociedades formadas por la Caja de Empleados Particulares y empresas constructoras- y posteriormente la Corporación de la Vivienda (CORVI), les permitieron también abordar en conjunto proyectos para la ciudad Santiago. El más significativo fue la ya mencionada Unidad Vecinal Portales, no sólo por su importancia arquitectónica y su difusión internacional, sino además porque se trata de un proyecto que evidencia una notable capacidad de gestión. En efecto, inicialmente se trataba de tres encargos menores asignados a también tres diferentes sociedades EMPART. La oficina consigue convencer a arquitectos y empresas constructoras de realizar un solo gran proyecto, que tuviese un impacto y una significación igualmente mayor para la capital. El encargo posterior de la sede de la Universidad Técnica del Estado (1957-62) en un terreno vecino dará a este conjunto una significación todavía mayor .

Teniendo en cuenta la importancia de los proyectos que desarrollaban y la fluidez que habían alcanzado como equipo, es en 1959 que deciden terminar con el paralelismo de dos sociedades en una misma oficina, comenzando a abordar todas las obras como BVCH. Es lo que ocurre cuando reciben un encargo de la relevancia de la Torres de Tajamar (1962-66). Fueron invitados por Luis Prieto, en asociación con la oficina Bolton, Larraín y Prieto, que les permite hacerse cargo del diseño. En rigor, entonces, la actividad de BVCH en su máxima expresión se limita a aproximadamente seis años.

Durante ese periodo, el más intenso de BVCH, tienen la oportunidad de enfrentar desafíos vinculados tanto a nuevos programas como a su inserción en geografías muy caracterizadas. Es lo que muestran las hosterías que construyen para HONSA (Hotelera Nacional S.A.) en Chañaral (1960-61) y en San Felipe (1960). La búsqueda de una interpretación arquitectónica de la geografía y las condiciones climáticas es particularmente evidente en la primera, como lo había sido en las obras de Arica. Un esfuerzo similar puede detectarse en el volumen neto pero poroso y matizado del Servicio de Seguro Social en Antofagasta (1960-61), hoy lamentablemente desaparecido.

Las múltiples voces, aunque también los múltiples intereses de la oficina, se manifiestan en una oscilación constante entre la contención y el rigor de formas puras y la libertad de aproximaciones más orgánicas que tanta relevancia adquirirían hacia fines de la década del 50. Proyectos como la Casa Echeverría (1961-62) o La Villa Brasilia (1961-62), con sus formas anguladas y su geometría libre, aluden no sólo a una sensibilidad más orgánica, sino también a la exploración de nuevas formas de agrupación de viviendas dando especial relieve a espacios públicos comunes.

La elección de Eduardo Frei Montalva como Presidente de la República en 1964 alejará a Héctor Valdés de la oficina, llevándolo a la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales primero y a la vicepresidencia de la Corporación de la Vivienda, posteriormente. Fernando Castillo había comprometido parte de su actividad en la alcaldía de la comuna de La Reina, pero su elección como rector de la Universidad Católica en 1967 lo apartará definitivamente de la oficina. Así, encargos como las torres para la Remodelación San Borja (1967-1970) son asumidos por Carlos Bresciani y Carlos García Huidobro, el socio que da mayor continuidad a la oficina. Diversas circunstancias hicieron aconsejable incorporar la tecnología de la prefabricación en determinados elementos de este proyecto. Al hacerlo, no sólo se participaba en lo que constituyó uno e los objetivos más ampliamente compartidos entre los arquitectos del periodo, sino que se imprime a la plástica misma de las torres la impronta de esta técnica, al subrayar la presencia de elementos individuales y producir con ellos una serie de alternancias rítmicas que distinguen a estas construcciones en el conjunto.

La sorpresiva muerte de Bresciani, en 1969, es un golpe definitivo para la existencia de BVCH. Héctor Valdés vuelve a trabajar brevemente con Carlos García Huidobro una vez abandonadas sus obligaciones públicas, pero de hecho la oficina deja de funcionar como tal en los primeros años de la década de 1970.

El arte del trabajo en equipo

Una de las características más distintivas de BVCH es su tamaño. Ello, en términos de su poco habitual número de socios, de los colaboradores y arquitectos asociados que se vincularon a la oficina y consecuentemente de la cantidad de obras que estuvieron en posición de abordar. En los años 30 y 40 fueron frecuentes las asociaciones de dos arquitectos. Jorge Arteaga con Sergio Larraín y más tarde el propio Larraín con Emilio Duhart, por ejemplo. En la misma línea, oficinas como las de Smith Solar y Smith Miller, Carlos Cruz y Escipión Munizaga y los propios Carlos Bresciani y Jorge del Campo. La asociación de tres arquitectos parece haber sido relativamente infrecuente y la de cuatro, como ocurre con BVCH, francamente excepcional. Adicionalmente trabajaron temporalmente junto a ellos arquitectos como Arturo Urzúa y Julio Bravo, fuera de colaboradores permanentes como Guillermo Chiang, José Garau y tantos otros que, como suele ocurrir, son más importantes para el desarrollo y la calidad de los proyectos de los que sus nombres se mencionan. De hecho, por la oficina pasaron más de 70 arquitectos colaboradores, entre los cuales se encuentran algunos de los profesionales más destacados de la arquitectura de los años 60 y 70. De alguna manera BVCH actuó como una suerte de escuela que contribuyó a formar profesionalmente a muchos jóvenes arquitectos, atraídos por la calidad del trabajo que allí se desarrollaba5.

La constitución de un equipo numeroso como el de BVCH, al menos para Chile, debe ser contemplado en el contexto más amplio del desarrollo de la profesión con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. Este se distingue, entre otros factores, por el desarrollo de equipos relativamente numerosos que en algunos casos -como el célebre de SOM- llegarán a constituir oficinas corporativas. No es este un hecho destacable sólo en sí mismo, sino corresponde a un punto de vista bien ejemplificado por posiciones como la de Walter Gropius al formar TAC (The Architects Collaborative) en Boston. Con ello se respondía a la envergadura y también a la complejidad programática y técnica de algunos encargos.

Al mismo tiempo, tales organizaciones implicaban superar una idea heroica y supuestamente artística de un arquitecto actuando en solitario. La idea del trabajo en equipo se irá así afirmando a mediados del siglo XX y permitirá incorporar múltiples dimensiones técnicas y sociales al trabajo profesional. Junto a ello, la figura del arquitecto como coordinador de equipos irá haciéndose cada vez más fuerte, culminando durante la década del 60 cuando comienza a ser sometida a crítica.

Las razones por las cuales BVCH se constituyó como tal ya han sido expuestas y son probablemente circunstanciales. Sin embargo, pueden ser vistas como una respuesta en el ámbito local a esta nueva realidad cultural y profesional. Las modalidades de esta oficina, compuesta por caracteres fuertes y dispares, lograron funcionar compatibilizando la autonomía de sus miembros con la cohesión del equipo. Tal como Héctor Valdés ha descrito en algunas de sus entrevistas, podían distinguirse en la oficina dos tipos de encargo: los de formato pequeño, asumidos con independencia y autonomía por cada uno de los socios, y los de envergadura mayor que exigían una participación y un acuerdo de los socios principales. Como se señaló previamente, la cohesión de base de la oficina estaba, al menos en parte, garantizada por la formación común y la pertenencia de tres de ellos a una misma generación.

La decisión acerca de los grandes proyectos se tomaba, por lo general, a través de un concurso interno en que cada uno de los socios, junto a algunos de los colaboradores, presentaba su solución al problema, dando lugar a memorables discusiones arquitectónicas que aunque llegaran a ser francas y hasta ásperas nunca produjeron fisuras internas en el equipo. No existiendo un jurado interno, eran los propios socios quienes llegaban finalmente al fallo. Luego, uno hacía de cabeza de equipo en el proyecto referido recibiendo los aportes de los demás. Este método de concursos internos era tomado con seriedad y con pasión por los socios de BVCH, presentando la ventaja de aportar una pluralidad de ideas que daban consistencia y enriquecían el proyecto en discusión.

A esta experiencia hay que agregar otros aspectos que no son menores en el funcionamiento de un equipo. Así por ejemplo, los honorarios fueron siempre divididos en partes iguales y existió un amplio respeto entre los socios para el desarrollo de actividades complementarias a sus tareas profesionales, como fueron las universitarias.

La actividad pública y la docencia

Uno de los aspectos que frecuentemente se ha destacado de BVCH es el de las múltiples relaciones que establecieron con el servicio público y con la actividad universitaria. En efecto, a excepción de Carlos García Huidobro que permaneció fielmente ligado a la oficina y se constituyó en el gran factor de continuidad, todos los demás participaron intensamente de la vida pública y aún directamente política. Tales compromisos fueron asumidos con entusiasmo y convicción por los miembros de la oficina, aún a riesgo de afectar y en definitiva terminar poniendo fin a su asociación profesional.

Además de las actitudes personales, esta vinculación de profesión y actividad pública encuentra sus raíces en una cierta expansión del sector público que se deja sentir en la actividad constructora, y al que la oficina supo asociarse con inteligencia y convencimiento. La creación de la Corporación de la Vivienda, bajo el segundo gobierno de Ibáñez del Campo, y del Ministerio de Vivienda y Urbanismo y la CORMU, bajo el gobierno de Frei Montalva, ejemplifican la dimensión institucional de este fenómeno. Lo más interesante del modo en que BVCH lo enfrentó no está en haber hecho de estos procesos una fuente de trabajo profesional, sino en haber sido capaces de llevar contenido y calidad arquitectónica a esos encargos. También en haber entendido que colaborar en la institucionalización de aquellos procesos era una parte, y no menor, de la tarea de un arquitecto.

En 1952, el jesuita Jorge González Förster, recientemente nombrado rector de la Universidad Católica de Valparaíso, designa a Carlos Bresciani como decano de la Facultad de Arquitectura. Tal nombramiento es parte del proceso de reforma impulsado por el nuevo rector, el primero en dirigir la Universidad desde que la Compañía de Jesús se hiciera cargo de ella. Tal nombramiento es coincidente con la llegada de Alberto Cruz, Godofredo Iommi y un grupo de jóvenes profesores a la Escuela de Arquitectura, quienes impulsarán una reforma pedagógica que hoy es ampliamente conocida.

No siempre ha sido destacado el rol que en ella jugó Carlos Bresciani, quien permanecerá como decano desde 1952 hasta su muerte, en 1969. González Förster tenía amistad con Bresciani desde los tiempos que ambos compartieron en el Colegio San Ignacio. Muy probablemente consideró que la reforma pedagógica de Cruz y su equipo requería una relación con el mundo profesional y universitario en la que alguien de la experiencia y el ascendiente de Carlos Bresciani resultaba fundamental. Así, sin participar directamente de las actividades académicas, Bresciani las apoyó. Respaldó esfuerzos como la participación colectiva de la Escuela en el Concurso para la Escuela Naval y fue un vínculo indispensable con las autoridades universitarias. En definitiva, compartió y apoyó la reforma académica encabezada por Cruz y Iommi aunque no necesariamente correspondiera a su formación o a su sensibilidad.

Las actividades docentes de Héctor Valdés fueron la continuación natural de sus estudios universitarios. Primero como ayudante, luego como profesor de taller, Valdés prolongó estas actividades hasta 1959, año en que las abandona a fin de dedicarse más intensamente a sus labores profesionales debido a la magnitud de los encargos que la oficina estaba recibiendo. Sin embargo, pocos años después, al asumir Eduardo Frei Montalva la presidencia de la República, Valdés comienza a colaborar en tareas de gobierno, en la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales y en la CORVI. Recuerda estos años, especialmente sus tareas en la CORVI, como de los más plenos de su carrera, sin lamentar en lo absoluto el costo de relegar sus labores profesionales en el terreno del proyecto. Sus funciones públicas se extendieron también al ámbito gremial, concretamente al Colegio de Arquitectos, con el cual había comenzado a colaborar siendo muy joven. Entre 1971 y 1973 Valdés asume su presidencia, en un periodo particularmente difícil por las tensiones políticas que lo caracterizaron. Desde esa posición Valdés propició la creación de la revista CA, contribuyendo significativamente al debate arquitectónico. Participó también en el Consejo de Monumentos Nacionales. Así, considerando en conjunto el tiempo dedicado a la universidad y a sus actividades públicas y gremiales, les dedicó una porción muy significativa de su carrera, esplazándose fluidamente entre el sector público y el privado.

Fernando Castillo inicia sus actividades docentes en la Universidad Católica en 1959, casi al mismo tiempo en que Héctor Valdés detiene las suyas. Como profesor fue siempre innovador y emprendedor, fomentando la relación cercana de sus estudiantes con la realidad profesional y social. En 1967 integra una comisión re-estructuradora de la Escuela de Arquitectura, creada en respuesta a las demandas de reforma surgidas desde los alumnos. Posteriormente, y luego de que los movimientos estudiantiles se extienden a toda la Universidad, Castillo asume como rector. Permanece al frente de ella hasta 1973, cuando el gobierno militar nombra rectores delegados en las universidades chilenas. Su actividad docente continuará entonces en el extranjero: fue profesor en las escuelas de Cambridge y la Universidad Central de Venezuela, resultando siempre evidente el entusiasmo que su carisma personal producía entre los estudiantes.

La vocación política de Fernando Castillo se manifestará tempranamentecuando asume como alcalde de La Reina en 1964, al crearse una comuna con la cual tenía lazos personales y familiares desde niño. Más tarde y ya de vuelta en Chile, ejerce brevemente como Intendente de Santiago en 1994 y, posteriormente, vuelve a la misma alcaldía entre los años 1996 y 2000.

La fluida relación que entre actividad privada y actividad pública se produce al interior de BVCH, incluyendo la actividad universitaria, es sin duda consecuencia de la personalidad de sus socios, de sus vocaciones personales y aún de su generosidad y espíritu de servicio público. Sin embargo hay, detrás de ella, una idea de la arquitectura y de la profesión de arquitecto. Hay que tener en cuenta, que una parte muy importante de los encargos recibidos por la oficina, entre ellos algunos tan significativos como los conjuntos de vivienda o los equipamientos universitarios, tienen u origen en el sector público. Pero más allá de ello, está la convicción de que existe una cierta continuidad entre los asuntos sociales y los disciplinares y que, en definitiva, el sustrato último de la profesión es el del servicio prestado ya sea en el ámbito público o el privado. La idea del servicio se extiende también al modo de establecer relaciones con comitentes privados y explica el gran número de encargos asumidos por la oficina, muchos de los cuales parecerían pequeños o sin importancia para quienes ya habían alcanzado un alto grado de reconocimiento6.

Volvemos a encontrarnos aquí con cuestiones vinculadas a un momento histórico y a una generación. La convicción, casi de naturaleza ética, de que la arquitectura que debía responder a las demandas estéticas de un tiempo determinado y poner las posibilidades técnicas disponibles al servicio de demandas sociales, marca profundamente el trabajo de BVCH. La idea de servicio no estuvo para ellos reñida con la de calidad. Por el contrario, consideraron que estaba precisamente en su base. Que cuatro arquitectos pudiesen llevar adelante esta tarea como un grupo humano cohesionado por el mutuo aprecio, resolviendo en forma adecuada los inevitables roces, competencias entre socios y diferencias de opinión, es algo que hoy nos atrae con una fuerza no menor a la de su obra. Esta dimensión de su producción, que pone en evidencia los valores y la idea de arquitectura en que al menos parte de una generación creyó, es parte muy sustantiva de la herencia que ella nos deja.

Fernando Pérez Oyarzún*

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(1) Un caso típico de tales limitaciones es la de la producción de acero que se desarrolla durante los años 1950. Así la posibilidad de construir en acero que atraía a muchos arquitectos se encontraba con las limitaciones que la industria del acero presentaba.

(2) Ver al respecto PEREZ F. Bresciani Valdés Castillo Huidobro, ediciones ARQ, 2006. Ver también una publicación tan temprana como BRAUN, R. Bresciani Valdés Castillo Huidobro Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, UBA, Buenos Aires, 1962.

(3) La obra de VCH recibió considerable atención en Chile como muestran las publicaciones de que fue objeto en la revista Arquitectura y Construcción el órgano más significativo de los últimos años 40 y primeros 50.

(4) El desarrollo de este proyecto de largo aliento coincide con la difusión internacional de la oficina que en los últimos años 50 y primeros 60 recibe considerable atención internacional siendo publicada por revistas como Architectural Design, Cuadernos de Arquitectura y Hogar y Arquitectura.

(5) Entre los numerosos arquitectos que colaboraron con la ofician en algún periodo puede mencionarse a: Fernando Arnello, Juan Astica, Daniel Ballacey, Horacio Borgheresi, Luis Eduardo Bresciani, Hilda Carmona, Ricardo Farrú, Hugo Gaggero, Ricardo Jordán, Jorge Larraín, Gustavo Munizaga, Renato Parada y Oscar Santelices. La calidad que alcanza la obra de la oficina se debe, al menos en parte, a la de los colaboradores que fue capaz de atraer.

(6) El registro completo de trabajos realizados en la oficina que conserva Héctor Valdés incluye alrededor de 400 obras, muchas de las cuales son de pequeño formato.

(*) Arquitecto en la Pontificia Universidad Católica de Chile (1977) y Doctor Arquitecto en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (1981). Actualmente es Profesor Titular y Jefe del Programa de Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos y Director del Centro de Patrimonio Cultural de la misma universidad. Anteriormente fue Director de la Escuela de Arquitectura (1987-90) y Decano de la Facultad de Arquitectura y Bellas Artes (1990-2000). Es autor o co-autor de siete libros vinculados a la teoría e historia del proyecto arquitectónico y urbano. Numerosos artículos o capítulos e libros de su autoría han sido publicados en Chile y el extranjero. Ha sido Visiting Design Critic de la Universidad de Harvard, Simón Bolívar Professor de la Universidad de Cambridge y Fellow del Swedish Collegium for Advanced Study (SCAS) de la Universidad de Uppsala. Ha ejercido la docencia o dictado conferencias en numerosas universidades tanto chilenas como extranjeras. Paralelamente a su actividad académica ha ejercido como arquitecto individualmente o asociado con otros profesionales.