Alejandro Aravena: “La arquitectura puede derrotar la desigualdad”

26 febrero, 2016

El arquitecto chileno, flamante ganador del Premio Pritzker, explica los lineamientos e ideas detrás de su curaduría para la Bienal de Arquitectura de Venecia 2016, que se llamará Reportes desde el Frente.

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La Bienal de Venecia 2016 es una bienal que no expone. Formula necesidades y muestra soluciones posibles. Es la Bienal de arquitectura firmada por Alejandro Aravena, la decimoquinta de la serie. Durará seis meses, desde el fin de mayo hasta el fin de noviembre, y no será una exposición de soluciones formales producidas por arquitectos y destinada a arquitectos.

“De la corte de los arquitectos, al público”, sintetiza Paolo Baratta, presidente de la Bienal. Cambia el estatuto. De una disciplina que aspira a realizar objetos singulares, asombrosos y sorprendentes, a otra que se mide con una decena de expresiones clave. Entre otras: desigualdad, periferia, desastres naturales, emergencia habitacional, migraciones, transporte público, desperdicios… Son las cuestiones que desde hace quince años comprometen a Aravena.

Chileno, de cuarenta y nueve años, camisa blanca fuera de los pantalones, cabellera desaliñada, Aravena viene de un mundo en el que “se trabaja con escasez de medios y no se puede hacer lo que se quiere, sino que se necesita más bien explicar siempre por qué se lo hace”. Y agrega: “Se trata de un importante filtro contra la arbitrariedad”. Pero al vivir y trabajar en ciudades que se expanden en barriadas detrás de barriadas, debe ayudar a buscar soluciones, proyectos, dispositivos físicos que atenúen el sufrimiento. Y a ellos Aravena le dedica los esfuerzos que lo llevaron, en el enero pasado, a obtener el premio Pritzker, el Nobel de arquitectura, completando con el propio nombre una galería de brillantes arquitectos estrella. También aquí un cambio de estatuto.

Reporting from the front –este es título de la próxima Bienal– convoca y reúne cerca de noventa expositores, un tercio de los cuales tiene menos de cuarenta años. Mostrarán cómo han interpretado las expresiones clave indicadas por Aravena. No hay imágenes que anticipen el proyecto. Salvo una, introductoria: una foto tomada por Bruce Chatwin que retrata a una arqueóloga alemana, Maria Reiche, subida a una escalera de aluminio, y que observa las marcas de piedra en el desierto peruano de Nazca, que representan pájaros, jaguares, árboles y flores. Explica Aravena: “Ninguno de nosotros, estando en el piso, ve otra cosa que piedras, pero desde arriba las figuras aparecen de manera evidente: eso es lo que pedimos al que expone en la Bienal, pedimos que aporten ideas, interpretaciones que no logramos percibir”.

Estarán presentes muchos jóvenes (entre los cuales también se encuentra el grupo inglés Assemble y la india Anupama Kundoo) y también los magníficos Peter Zumthor, David Chipperfield, Herzog & de Meuron, Kazuyo Sejima, Kengo Kuma, Norman Foster, Rem Koolhaas, Richard Rogers, Eduardo Souto de Moura, Tadao Ando y Renzo Piano con el grupo G124, los jóvenes profesionales que Piano financia con el estipendio de senador.

¿Una concesión al star system?
No, no nos interesa todo lo que realizan estos proyectistas, pero ¿por qué no poner a disposición su creatividad cuando se trata de los temas que hemos escogido?

Y el pensamiento lleva a Piano y al trabajo en las periferias de algunas ciudades italianas. Las periferias son su humus cultural. Las periferias de una ciudad y también la periferia latinoamericana.
Vivir en los márgenes respecto de los grandes flujos, permite no tener un padre a quien matar, una sombra que vigila cada paso. Sin embargo, presenta el riesgo de aceptar todo lo que llega desde afuera, sin hacer valer lo que está más próximo. El lugar de margen impone que uno esté muy informado sobre lo que ocurre en el centro del mundo y, a la vez, comprender las prácticas virtuosas que ocurren allí y en otras partes. La periferia no es el lugar donde el mundo se termina, decía Iosif Brodskij.

La otra limitación de la que proviene su arquitectura es la dictadura de Augusto Pinochet.
La viví como estudiante universitario, cuando se forma el carácter y se es rebelde por naturaleza. Nosotros debíamos ser doblemente rebeldes.

Una vez que se graduó vino a Italia. ¿Por qué?
Partí para Venecia. Era el año 1992. Quería conocer la arquitectura que había estudiado solo en fotografías. Quería ver las fuentes. Caminaba por las calles y medía edificios. Y la misma curiosidad me empujó a Sicilia y a Puglia.

Después ha vuelto a Chile.
Sí, y empecé a trabajar. Pero encontré solo clientes horribles. Durante dos años dejé la mesa de diseño y me empecé a trabajar en un bar. Después, la pasión me capturó de nuevo. Pero esta vez la dirección del recorrido era totalmente distinta. Al comienzo del 2000, fundé Elemental, un estudio dedicado a la edificación social. El primer proyecto relevante fue un complejo para un centenar de familias de Iquique. La financiación pública alcanzaba los 7.200 dólares. Trecientos dólares debían ser aportados por las familias. Se podía hacer apenas una pequeña habitación, muy pobre y miserable. En cambio, lo que hicimos nosotros fue proyectar la mitad de un apartamento, la otra mitad estaba a cargo de los residentes. Cuando obtuve el Pritzker vino a encontrarme una mujer que había estado entre las primeras habitantes del proyecto de Iquique. Me contó que algunos habían vendido. Le pregunté a cuánto. A sesenta y cinco mil dólares, me respondió.

¿Qué consecuencias tuvo aquella experiencia?
El proyecto, que se remonta al año 2003, fue replicado decenas y decenas de veces. El último fue en el 2010 y fue realizado en Constitución, después del terrible tsunami. No solo se provee de un alojamiento, también se da la ocasión de generar una riqueza que habría permitido que los hijos de aquellos pioneros pudieran estudiar y tener una actividad. Iquique es el ejemplo de un lugar que produce comunidad, el espacio público es pensado como un bien precioso, que da otro valor a las casas. El elemento central fue la participación: tantas demandas, tantas necesidades expresadas y un arquitecto que con papel y lápiz ofrece una síntesis.

¿Qué otros instrumentos tiene la arquitectura para atenuar la desigualdad?
Se puede proyectar un buen sistema de transporte público. América Latina demuestra en este sentido experimentos encomiables. En Bogotá y en Medellín se ha reducido drásticamente la tasa de criminalidad juvenil, porque las inmensas favelas han estado mejor conectadas entre sí y con el centro por medio de sistemas funiculares y el tranvía. Lo que genera los conflictos y la rabia no es la pobreza en sí, sino más bien la desigualdad. La pobreza se ha reducido en el mundo, pero la desigualdad ha empeorado. La redistribución no basta para colmarla. Para que sea eficaz falta mucho tiempo. La ciudad ofrece oportunidades para disminuir las desigualdades, si ofrece un transporte público eficiente y de calidad. Como también la inversión en espacio público. Son intervenciones en las que la arquitectura tiene un papel determinante.

Lee la nota publicada en Arq Clarín.